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La nordomanía de Rodó

Por Ramón Vargas Salguero

José Enrique Rodó, el preclaro pensador uruguayo, anticipó  rasgos de nuestras sociedades latinoamericanas que, cien años después de haberlos dado a la luz, han adquirido una vigencia incuestionable. Ariel, su conocido libro, vuelve a estar en el tapete de la discusión.

Motivado, probablemente, por la invasión y apropiación de Cuba y Puerto Rico por Estados Unidos, pero sin duda alguna sustentado en el estudio detenido de algunos de los rasgos estructurales de la sociedad latinoamericana y norteamericana, Rodó no dudó en considerar que Ariel y Calibán, los dos conocidos personajes de Shakespeare, estaban representados paradigmáticamente, el primero, por los pueblos latinoamericanos herederos del mundo greco cristiano y por el pragmatismo norteamericano, el segundo. Cuidándose, sin embargo, de no incidir en una inaceptable dicotomía, dejó claramente asentado que si bien Estados Unidos podía ser considerado como la encarnación del utilitarismo, ello no ponía en entredicho el reconocimiento de sus incuestionables aportes en el orden de la producción material. Tan insensato le parecía negar sus defectos como desconocer sus cualidades. El influjo del éxito alcanzado por Estados Unidos, sumado a la propensión de los pueblos latinoamericanos hacia la “nordomanía”, explicaba que no únicamente en la cabeza de muchos dirigentes políticos latinoamericanos, sino incluso, y tal vez más notorio, en las masas, cundía la admiración por los logros y rasgos de dicho país. Y, detrás de la admiración, nacía la aspiración a imitarlo.

En frases cuya prístina claridad no deja lugar a dudas, Rodó hizo ver que “la visión de una América ‘deslatinizada’ por propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros interesados por nuestro porvenir.” Este afán mimético era la manifestación de nuestra “nordomanía”, abdicación servil de lo propio, “imitación impotente de los caprichos y las volubilidades de los encumbrados de la sociedad.”

Explicar de qué manera el éxito de uno encontraba eco en el afán imitativo del otro, dando lugar a la importación e intento de aclimatación en tierras nativas de toda clase de objetos, ideas y obras de arquitectura inclusive, de ninguna manera suscitaba la aquiescencia de Rodó. Todo lo contrario.

Sin oponerse a reconocer las ventajas que pueden conllevar las influencias innovadoras, no podía menos que oponerse al   “propósito de desnaturalizar el carácter de los pueblos —su genio ‘personal’— para imponerles la identificación con un modelo extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad irremplazable de su espíritu, (y) a la creencia ingenua de que eso pueda obtenerse alguna vez por procedimientos artificiales e improvisados de imitación.”

Tal vez teniendo presente el eclecticismo de su tiempo y lugar Rodó recomendó a los “principiantes candorosos que se imaginan haberse apoderado del genio del maestro cuando han copiado las formas de su estilo o sus procedimientos de composición <…>que forma parte de los deberes humanos el que cada uno de nosotros cuide y mantenga celosamente la originalidad de su carácter personal, lo que haya en él que lo diferencie y determine…” Y, a falta de una “personalidad” (de una identidad, diríamos nosotros) claramente perfilada en nuestros respectivos pueblos latinos, propone anclarnos en lo que sí tenemos: “una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro.”

Sus pioneras y luminosas críticas encuentran una amplia validación al tener en cuenta que la extensión alcanzada actualmente por la globalización y el neoliberalismo, han desplazado viejas concepciones teleológicas acerca del sentido de la existencia. Bajo el impulso de la capacidad productiva del ser humano, el mundo ha sido convertido en una “aldea” como certeramente señaló McLuhan, con todas las ventajas que significa que cada uno pueda llegar a ser partícipe de los sucesos que tienen lugar en las antípodas y confines de su personal mundo. Tal vez Rodó estuviera dispuesto a aceptar que en la riqueza espiritual generada por esta mancomunidad participativa, no deja de traslucirse la alada presencia de Ariel.  Pero también haría notar que ambos factores han entronizado la ganancia y el consumismo como finalidades por antonomasia del ser humano y a la competitividad como vía idónea para alcanzarlos. Razones por las cuales otros pensadores consideran que la “aldea global”  es, más bien, algo bastante más prosaico y desilusionante: un “shopping center global”, en el que bajo la piel de cordero con que lo quieren presentar, aparece Calibán, el Becerro de Oro.

Por supuesto que convertir el mundo en un gran almacén de compra venta de productos, sólo es posible mediante la brutal reducción de las múltiples potencialidades humanas a aquellas que son indispensables para la producción, distribución y consumo de bienes. Y esto choca con la esencia misma del ser humano y con la idea que Rodó preconizaba: que “Cada individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada y ningún alto interés de todos pierda su virtud comunicativa.”

Por lo que toca a su genealogía  —porque la búsqueda de identidad tiene toda una historia en México— habrá que recordar que el primer barrunto que de ella encontramos, se remonta a tiempos retirados en el tiempo, pero cercanos en el espíritu y con el cual, ocioso es decirlo, considero que nos identificamos ampliamente en muchos sentidos. Quiero traer a la memoria unos preciosos versos de uno de nuestros grandes poetas, en el cual encontramos la búsqueda de una identificación con la tierra misma, la denuncia de la acción desaprensiva del ser humano sobre ella y una propuesta para solventarla. Me estoy refiriendo, por supuesto, a Nezahualcóyotl el gran Rey Poeta de Texcoco, quien en alguna de sus poesías dijo así:

«¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?

No para siempre en la tierra; sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

aunque sea de oro se rompe,

aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,

No para siempre en la tierra; sólo un poco aquí.

Del interior del cielo vienen

las bellas flores, los bellos cantos.

Los afea nuestro anhelo,

nuestra inventiva los echa a perder . . .

¿He de irme como las flores que  perecieron?

¿Nada quedará de mi fama aquí en la tierra?

¡Al menos  flores, al menos cantos!»

Nezahualcóyotl

Después del Rey Poeta, los criollos ilustrados, con Sigüenza  a la cabeza, volvieron a encarar el problema de la identidad. Lo prosiguieron en tiempos de la Revolución de Independencia y ahondaron en él a todo lo largo del Siglo XIX quienes sabían que constituir un nuevo país exigía, sin taxativa alguna, que la población se reconociera en un pasado, en unas raíces, en un futuro. El siglo anterior fue el de la explosión de esta búsqueda de identidad. La Revolución de 1910, como no podía ser de otro modo, retomó la estafeta secular porque nada hay que aliente tanto la identificación entre los seres humanos como verse partícipes en la consecución de metas comunes.

Heredamos, pues, una bandera. De acuerdo con ella, de acuerdo con la necesidad de coadyuvar a la construcción de una identidad nacional que fungiera como sustento, como fundamento de la «Grandeza mexicana» que cantara Bernardo de Balbuena, la práctica profesional de los arquitectos se veía socialmente conminada a aportar su cuota de respaldo. Imaginando y construyendo los espacios en los que se reconocieran e identificaran nuestros diversos grupos sociales. Y así fue en un principio. Y así aconteció cuando todavía el espíritu de la Revolución Mexicana estaba pujante: las obras de arquitectura concordaron con las modalidades de vida de la población a la cual se las dirigía. Eso fue hasta hace unos cincuenta años.  ¿Y después?

¿Qué hemos hecho del afán de participar en la construcción de una identidad en las obras de arquitectura? Que se nos ha traspapelado detrás de la montaña de cuentas de vidrio y espejos con la que nos hemos inundado. Y que mientras más nos hundimos en el vórtice del consumismo, más perdemos nuestro gusto por los cantos y las flores, tanto en su sentido literal como en el figurado. También nos ha sucedido que toda la espiritualidad e identidad que estaba detrás del gusto por las flores, ha tenido que dejar su lugar  a otros sentimientos, antípodas de aquellos. 

Si esto es así, y así lo creemos, el conjunto de acciones tendientes a consolidarla, extenderla, propiciarla y encomiarla de nueva cuenta, a través de los recursos atingentes deben tomar la forma de una política cultural de amplísimos derroteros y no menos trascendentes repercusiones. ¿Por qué? Porque está en juego la pérdida del sentido de trascendencia de las acciones humanas a que ya hacía referencia Nezahualcóyotl cuando hablaba de dejar al menos, como rastro de nuestro paso por la tierra,  cantos y flores. Y el extravío del sentido de trascendencia de nuestras acciones es el ábrete sésamo al sinsentido que ahoga en buena medida a la sociedad actual. Pero en nuestro caso, y a riesgo de ser tomado como chauvinista irredento, creo que a un pueblo amante de las flores y el canto, bien merece que se le sigan ofreciendo.

Pero, ¿y qué decir del tema en cuestión y, más puntualmente, acerca del significado que para los arquitectos representa, así como de su  genealogía en el caso de México? ¿Qué significa para nosotros, aquí y ahora, el  tema de la identidad en arquitectura?

Escuetamente respondido, representa un estandarte, una bandera, un leit motiv. No sería difícil hacer ver que la identidad entre los habitadores y las obras de arquitectura que se le ofrecen, podría ser vista  como la meta, sin más, de toda posible obra de arquitectura, como el faro orientador de la práctica profesional de los arquitectos, como el referente último o como su inexcusable punto de partida: proporcionar a la sociedad de la que formamos parte, los espacios que ésta necesita para producir y reproducir su vida. La práctica de los arquitectos es, no debiera olvidarse,  una actividad de servicio. Servicio que cumplirá más cabalmente en la medida y proporción en que logre que el ser humano se identifique con los espacios que habita. En esto estriba la identidad: en la conjunción de las modalidades concretas de vida de cada comunidad, con los espacios en que se desenvuelve. Mientras más el habitador los sienta como su alter ego, mientras más se identifique con ellos, mientras más coincidencias e identidad encuentre, mejor habrá cumplido el arquitecto.

No exageran en el más mínimo quienes denuncian como un hecho en extremo negativo el que la identidad, que la identificación que anteriormente existía entre nuestros núcleos urbanos y nosotros mismos, entre los espacios que habitábamos y nuestras modalidades de vida, se ha perdido en una proporción considerable y que a consecuencia de ello, la población pierde recursos, pierde asideros, pierde la seguridad en sí mismo para encauzar su vida por los senderos que mejor empatan con su ser mismo.

Quiero, para terminar, aunque supongo que está ya dicho, reiterar la convergencia que en mí suscita el empeño de Rodó, con las palabras de otro poeta  mexicano, cuando dice:

«A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido.

Vive de sangre y flor su recuerdo y su olvido

(Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda

en su lecho de piedra de agua clara y redonda)»

Carlos Pellicer

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