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50 años de autogestión. El ambiente nacional fuera de la Escuela Nacional de Arquitectura y de la UNAM

Por José Víctor Arias Montes

El contexto en el que se desarrolló la lucha democratizadora de la Escuela Nacional de Arquitectura (ENA) en 1972 con el surgimiento del Autogobierno, estaba impregnada de una actitud abiertamente autogestiva y participativa que se había desarrollado desde los inicios de la década de los setenta y al que no escapaban las universidades, las organizaciones obreras, campesinas y de colonos. Por todo el país ésta se extendió desorganizadamente y en algunos casos fue tan radical que aún entre las propias organizaciones democráticas existía una gran confusión y desconfianza. Pero en todos los casos se daba y se recibía un apoyo solidario por aquello que se consideraba común y de lo que se sentían copartícipes: la lucha autogestiva por democratizar la escuela, la organización profesional, la fábrica, el sindicato, el campo o la colonia.

Y no era para menos, después de la masacre del 2 de octubre de 1968 y de la secuela represiva subsecuente, no existían en el país espacios verdaderamente democráticos que permitieran la participación y la crítica hacia la situación reinante para transformarla para bien. Todo brote de organización fue brutalmente reprimida. Participar en ese ambiente significaba exponerse a la cárcel o a los golpes o, en el peor de los casos, a la desaparición o la muerte. Y aun así, todos esos años dejaron una de las lecciones más significativas para construir una cultura democrática que no había existido con anterioridad.

A partir de entonces, el Movimiento del 68 se conmemoró año tras año para no olvidar esa gesta heroica de los estudiantes. Obreros, campesinos, colonos, estudiantes, profesores, organizaciones profesionales, sindicales y organizaciones políticas, cada cual en su lugar de acción y cada cual con sus limitaciones levantaban con ello su lucha y exigencia por lo suyo y lo de todos: una nueva universidad, un nuevo sindicato, un nuevo país…

Mitin del 1er aniversario del Movimiento Estudiantil del 68, Plaza del Carrillón, Casco de Santo Tomás, IPN, 26 de julio de 1969. Fotografías: JVAM

En ese ambiente, las instituciones de educación superior se convirtieron rápidamente en los centros de crítica hacia el Estado mexicano y sus políticas. Se transformaban en los principales semilleros de un descontento social en constante ascenso y en uno de los pocos lugares en donde la libre reunión, la discusión y la crítica podían ejercerse al amparo de la “autonomía”. Las organizaciones políticas de izquierda que hasta esas fechas se les consideraba constitucionalmente ilegales, encontraron en ellas un refugio para extender su influencia y organización ganando simpatizantes rápidamente.

Mitin del 2° aniversario del Movimiento Estudiantil del 68, Las Islas, Explanada de Ciudad Universitaria, UNAM, 26 de julio de 1970. Fotografías: JVAM

Así que estas condiciones conllevaron a que una gran masa de estudiantes y profesores combatiera con nuevos planteamientos en sus centros de estudio, mismos que se habían acumulado desde 1966 y 1968, y que entre 1971 y 1972 empezarían a emerger con reivindicaciones democráticas y particulares en cada caso.

Obviamente que la ENA no era la única escuela que se encontraba en esta situación. En otras escuelas de la propia UNAM y en otras universidades del país, las demandas por democratizar la enseñanza crecían aceleradamente y en todas ellas la movilización era fundamental.

En la UNAM, la Escuela Nacional de Economía luchaba por la instalación y reconocimiento del cogobierno; la Facultad de Ciencias exigía respeto al proceso democrático para nombrar a su director; Medicina instalaba su Consejo General de Representantes por encima de las autoridades; Trabajo Social y Psicología demandaban reconocimiento a sus planteamientos de autogobierno; Odontología denunciaba las irregularidades en la distribución de los instrumentos de importación que se utilizaban en las prácticas escolares; Derecho instalaba los primeros cuerpos jurídicos de apoyo a las luchas populares; las Preparatorias Populares demandaban su reconocimiento e incorporación universitarias; Ingeniería luchaba violentamente día con día en contra de los porros; los CCH´S libraban una  gran batalla por su democratización y por saber que iban a hacer una vez terminado su ciclo escolar; Artes Plásticas… Fuera de la UNAM, la Escuela de Diseño y Artesanías (EDA) del INBA implantaba el cogobierno con una gran fuerza y claridad y lograba, al poco tiempo, lo que pocas escuelas en esos momentos no habían alcanzado: un nuevo plan de estudios que profesionalizaba por especialidades la enseñanza del diseño con orientación social;[1] mientras, la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) demandaba reconocimiento a las decisiones de sus propios órganos democratizados.

[1] “Propuesta de reestructuración del plan de estudios de la Escuela de Diseño y Artesanía, 1972”, Asamblea de profesores y alumnos de la EDA, septiembre de 1972, 22 pp.

El movimiento se ampliaba sin una coordinación que planteara también una orientación general. El espontaneísmo tomaba fuerza y los centros en donde aparecía la lucha eran hábilmente aislados. Sin embargo, las condiciones particulares de cada centro donde lograban concretarse reivindicaciones propias permitían el inicio de una lucha mucho más organizada y con perspectivas más claras de hacia dónde caminar.

En la UNAM, se creó el Comité Coordinador de Comités de Lucha (CoCo) para tratar de coordinar un movimiento impregnado de una gran espontaneidad, que hacía realmente difícil el avance conjunto por la democratización. Es más, los movimientos en Economía, Ciencias, Medicina, Arquitectura, Trabajo Social, Prepa Popular, CCH Oriente y Psicología se desenvolvían tan hacía adentro, que se mostraban como movimientos reivindicativos tan particulares que en ocasiones parecía que no existía relación alguna de uno con otro y de todos con los movimientos de otras universidades. Sin embargo, a pesar de esta gran espontaneidad y aparente desarticulación el movimiento por la democratización de la enseñanza era un movimiento que ya se había generalizado y en el que todos los participantes, de una forma u otra, plantearon la democratización tanto de las estructuras de gobierno, del proceso de enseñanza aprendizaje y de las políticas de ingreso a las instituciones de educación superior, como puntos centrales del conjunto de sus reivindicaciones. Esto era precisamente lo que los mantenía articulados, lo que los hacía partícipes de un movimiento general, lo que los hacía movilizarse y marchar conjuntamente.

Portada revista Síntesis. Archivo: JVAM

Los movimientos democratizadores que empezaron a desarrollar una alternativa más concreta fueron sin duda los de Economía, Ciencias y Arquitectura. Como ejemplo basta el de Economía, que para septiembre de 1971 había aprobado sus planteamientos democratizadores en una asamblea realizada el 27 del mismo mes y cuyos acuerdos eran dados a conocer masivamente:

…Posteriormente, el documento fue presentado ante el Director de la escuela, Lic. Ernesto Lobato López, quien a su vez respondió con un comunicado que se discutió en las Asambleas del martes 29 y miércoles 30. En vista de que la Asamblea consideró que dicho comunicado no respondía a las exigencias planteadas y que por el contrario se oponía a los intereses actuales de la escuela, se decidió destituir de su cargo al director y llevar a cabo el proceso de democratización y superación académica… La alternativa propuesta tiende a crear una Escuela Nacional de Economía crítica, científica y revolucionaria y representa un paso en la transformación progresiva de las instituciones y estructuras universitarias frente a una reforma oficial que el gobierno pretende imponer…[2]

[2] “Por una alternativa crítica, científica y revolucionaria. A los estudiantes y profesores de la Escuela Nacional de Economía” en Síntesis. Economía, Filosofía, Política. Número 3, septiembre de 1971, suplemento de 8 pp.

En todas esas experiencias se consolidaron básicamente tres cuestiones: la asamblea, como punto de reunión, discusión y decisión; el mejoramiento de la enseñanza y la transformación democrática de la escuela y la articulación con otras escuelas y universidades de dentro y fuera de la UNAM. Aspectos sobre los cuales cada dependencia desarrollaría su propia especificidad.

Pero no solamente la lucha por la democratización de la enseñanza jugaba un papel importante, también lo hacía la lucha contra el porrismo y que en ese momento tomaba giros violentos. Para inicios de 1972 sólo quedaban algunos grupos porriles en la UNAM que, a diferencia de otros años, resultaban igual o más peligrosos que los anteriores. Los comités de lucha, ante la violencia ejercida por los “porros”, habían estructurado formas de defensa que se caracterizaron en “contestar a la violencia reaccionaria con la violencia revolucionaria”. Este tipo de política presentó las dos caras de la moneda: de ayuda a los movimientos democratizadores y de desprestigio al movimiento en su conjunto, por las desviaciones izquierdistas y la infiltración de provocadores.

Los comités, tan sólo un año y meses antes, habían incendiado la cafetería de la Facultad de Derecho pues ahí se refugiaban los principales grupos porriles de la UNAM. 1972 fue el año en que inició la desaparición del grupo “Francisco Villa”, principal impulsor, al interior de la Facultad de Derecho y de la UNAM, del porrismo; también lo fue de las novatadas o “perradas” que se practicaban en varias escuelas de la UNAM, en especial en Arquitectura e Ingeniería, en donde se respondió violentamente en contra de los organizadores.

La violencia de los “porros” llevó a Pablo González Casanova, Rector de la UNAM, meses después de un espectacular asedio a la Universidad y a su persona, a asumir una actitud realmente valiente; alertando contra la provocación, decía:

…Estamos convencidos de que se planean acciones ominosas por las cuales se pretende llevar el enfrentamiento de grupos de estudiantes universitarios a terrenos cada vez más dramáticos para la Institución, mediante la intervención de grupos de choque y agentes provocadores que no sólo lograrían la comisión de actos delictuosos de gran magnitud, sino que pretenderían demostrar ante la opinión universitaria y nacional que la unam es incapaz de gobernarse a sí misma…[3]

[3] “A la comunidad universitaria y nacional” en GACETA. UNAM, tercera época vol. IV, número 36, 16 de junio de 1972, p. 1.

Volante denunciando a los grupos porriles en la UNAM. Archivo: JVAM

La violencia llegó a extremos peligrosos e intolerables en algunos casos, en otros, como en Arquitectura e Ingeniería ayudaba a ahuyentar a los “porros”, permitiendo que el movimiento se desenvolviera con más confianza. Pero dentro del texto de ese comunicado apareció una frase que para muchos pasó desapercibida y para otros pareció algo más que las simples palabras provenientes de una autoridad: gobernarse a sí misma.

En Arquitectura, en particular, los comités habían brindado todo el apoyo al movimiento democratizador, al igual que en otras escuelas, que sirvió para erradicar en ese año las novatadas y a los “porros”, que se convirtieron en “aliados” de las  autoridades. Golpes y corretizas, bastaron para ahuyentarlos aunque fuera momentáneamente.

Excélsior, 9 de abril de 1972. Archivo: JVAM

Los encarcelamientos masivos se hicieron casi costumbre y las infiltraciones de provocadores una buena arma El movimiento democratizador ganó una amplia cobertura y ésta se consolidó aún más con el surgimiento de la lucha amplia por la democratización de la enseñanza al interior del país. De las luchas de años anteriores a la de la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1971, siguieron las de Sinaloa, Puebla, Guerrero y Oaxaca que luchaban por implantar leyes orgánicas democráticas; y en otras quedó en un intento fallido pues la represión ya no se hizo esperar. El Estado y sus aparatos represivos actuaron de inmediato para aniquilar cualquier brote de lucha por cambiar las estructuras de gobierno de las instituciones de educación superior. Los encarcelamientos masivos nuevamente se hicieron costumbre y las infiltraciones de provocadores una buena arma para desprestigiar y después reprimir. En este preciso momento la Universidad Autónoma de Sinaloa era la nueva presa:

…Y esta vez tocó el turno a Sinaloa, cuyos alumnos universitarios, con sede en Culiacán, exigían en forma pacífica y razonada desde hace más de dos años, la destitución del rector Gonzalo Armienta Calderón… En vez de recurrir al diálogo, las autoridades contrataron los servicios de esa mercenaria escuadra terrorista paramilitar denominada halcones… Y hace algunos días los voceros de la “apertura democrática”, debidamente respaldadas por el ejército, sitiaron la Máxima Casa de Estudios y abrieron fuego indiscriminado contra jóvenes…[4]

[4] “El rostro asesino del PRI-Gobierno” en por qué?, número 201, mayo 4 de 1972, p. 14.

En algunos casos la lucha tomó un carácter dramático, pero la organización del estudiantado pudo más que la represión sangrienta del régimen.

Pero no solamente estos fueron los años de la movilización estudiantil por la democratización de la enseñanza, lo fueron también de muchos otros sectores que demandaban democracia profesional y sindical, tierra y vivienda, libertades políticas y dignidad ciudadana.

Hacia finales de 1970 los arquitectos, tradicionalmente apáticos a la participación política, estaban agitados por el cambio de directiva del Colegio de Arquitectos de México y porque la crisis profesional había puesto a un importante número de ellos en una situación en la que su carácter de “profesional liberal” los llevó a entrar en una lucha abierta por el trabajo. Algunos decían que en general todas las profesiones, especialmente las llamadas “liberales”, estaban ingresando a un proceso de proletarización, debido al crecimiento explosivo de las demandas sociales con relación a la oferta.

De cualquier forma, esta situación estaba golpeando a los nuevos y jóvenes arquitectos, especialmente a aquellos que no estaban vinculados a las esferas de poder y que habían adquirido un nivel de conciencia respecto a los problemas sociales y profesionales. La distribución del trabajo, que día a día era mayor por parte de las instituciones gubernamentales estaba —como hoy— plagada de un sinnúmero de favoritismos, especialmente hacia los que conformaban precisamente esas esferas. Y el Colegio de Arquitectos, único organismo donde estas cuestiones podían analizarse, estaba también dominado por estas esferas; éste se había convertido en un aparato viejo y anquilosado, parecido a cualquier club de amigos de colonia de ricos.

Esta situación llevó a que un reducido grupo de arquitectos demandara al Colegio una revisión no sólo de su estructura, sino de las condiciones de trabajo prevalecientes en el mercado. Las propuestas, aprovechando el cambio de directiva del Colegio, no podían ser más radicales:

–La delimitación del campo de acción del arquitecto.

–El reconocimiento imperativo de la tabla de aranceles.

–La reglamentación del art. 134 constitucional, para que el diseño de las obras arquitectónicas que emprenden las dependencias estatales o descentralizadas sea puesta a público concurso.

–La integración de los profesionales liberales al sistema del Seguro Social Obligatorio.

–La obtención de la personalidad jurídica necesaria, que permita al propio Colegio:

Intervenir eficazmente en la distribución del mercado de trabajo, para impedir la concentración del mismo en unas cuantas manos.

–Vigilar el cumplimiento de una Ley de aranceles.

Demandar que los puestos públicos que caen dentro del campo de acción de la arquitectura, sean otorgados a arquitectos.

–La derogación del art. 48, Cap. VI, de la Ley de Profesiones, que prohíbe a los Colegios hablar de política y de religión en sus asambleas.

Ante estas demandas terminaban planteando:

Con nosotros, un número cada vez mayor de profesionales, pasantes y estudiantes de la arquitectura, estará pendiente de sus próximas decisiones. De ellos depende el ser o no sus propios sepultureros…[5]

[5] “¿Debe o no modificarse la ley de profesiones?” en Calli. Revista analítica de arquitectura contemporánea, número 49, México, agosto-septiembre de 1970, pp. 14-16.

El sindicalismo universitario resurgía nuevamente. La lucha por la creación de sindicatos universitarios, como la planteara la Coalición de Profesores en 1968, era encabezada por el Sindicato de Trabajadores y Empleados de la UNAM (STEUNAM) al interior de la UNAM. La lucha fue dura y desgastante, la renuncia posterior del rector Pablo González Casanova y el endurecimiento de las nuevas autoridades universitarias predecían que la consolidación sindical se llevaría mucho tiempo y que no sería nada sencilla.

El movimiento obrero resurgía también en forma gloriosa. El Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (STERM), transformado poco después en la Tendencia Democrática del SUTERM (Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana), encabezaba la vanguardia del sindicalismo obrero independiente. La derrota de ésta, unos años después, crearía un amplio sentimiento de frustración e incapacidad para continuar la consolidación del sindicalismo independiente.[6]

[6] Una visión, sin duda crítica, veía así el problema: “…Si bien el movimiento de insurgencia sindical, y más específicamente su fuerza aglutinadora: la Tendencia Democrática, identificó correctamente uno de los problemas políticos básicos de la clase obrera, que es la democracia e independencia sindicales, es paso necesario en el proceso de constitución del proletariado en una fuerza capaz de actuar con autonomía de clase y proponer al conjunto de la sociedad un proyecto histórico propio y alternativo al de la burguesía; no comprendió el carácter de clase del Estado y de la Revolución Mexicana, y no logró plasmar coherentemente sus formas de lucha táctica y estratégica. No entender cabalmente estos problemas incapacitó a la TD para encabezar la lucha del conjunto del bloque de los dominados… Esta incomprensión fue motivo también de que la TD sufriera una profunda derrota política, consumada a pesar de las grandes movilizaciones obreras y populares en su favor y a pesar de su presencia innegable; la derrota de la Tendencia Democrática de los electricistas deja un saldo de confusión política e ideológica y marca el punto de viraje en la correlación de fuerzas…” Ver: “1968-1982 etapa de crisis y transición” en Punto Crítico, número 123, México, marzo de 1982, pp. 2-8.

Revista Solidaridad. Voz de la insurgencia obrera y popular, Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana. Archivo: JVAM

Las agudas condiciones de vida en el campo orillaron a los campesinos a, por un lado, organizarse para luchar por el reparto agrario y por el respeto a la posesión de sus tierras y, por otro, a emigrar hacia las grandes zonas urbanas del país en busca de mejores expectativas de vida. Las luchas campesinas ganaron ascenso, aumentando masiva y rápidamente. La mediatización y la represión emprendida por el régimen no fueron suficiente para que el campesinado renunciara a su reivindicación histórica: la tierra.

El gobierno tuvo en muchos casos que aceptar el reparto agrario y modernizar sus aparatos: el Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización se transformaba pomposamente en la Secretaría de la Reforma Agraria, encubriendo la demagógica posición de que el gobierno era un “gobierno agrarista”. Se impulsó así mismo, todo tipo de organizaciones burocráticas para “apoyar” al campesino; triste recuerdo de organizaciones mediatizadoras que acabaron en un mar de corrupción: fideicomisos turísticos, forestales, de producción agrícola y ganadera, bancos rurales, etcétera.

Portada revista por qué?, núm. 229, noviembre de 1972 Archivo: JVAM

Por otra parte, los procesos migratorios hacia las grandes ciudades agudizaron la oferta de tierra y vivienda que, en conjunción con las necesidades locales, orientaron a los pobladores a las invasiones masivas de tierra, principalmente en el Distrito Federal —Santo Domingo de los Reyes, como el caso más emblemático por la extensión de la invasión—, Estado de México, Puebla, Monterrey, Chihuahua, Guadalajara, Durango, Zacatecas y Oaxaca. Este fenómeno marcaría el inicio de la lucha de masas independiente, que daría origen a la conformación de los más variados “frentes populares” de cuyos ejemplos más significativos se podrían mencionar: la Coalición Obrero Estudiantil de Oaxaca (COCEO) y la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo (COCEI), ambas del estado de Oaxaca; el Frente Popular de Zacatecas (FPZ); el Comité de Defensa Popular de Durango (CDP); el Frente Popular Tierra y Libertad (FPTYL), de Monterrey; el Campamento 2 de Octubre, en Iztacalco, D.F.; el Comité de Defensa Popular de Chihuahua (CDP); el Frente Popular Independiente (FPI), en el d.f.; y de manera sobresaliente, por su combatividad y organización, la Colonia Rubén Jaramillo, en el estado de Morelos.[7]

[7] La lucha de estos movimientos creó la necesidad de una mayor articulación entre éstos para demandar, en forma conjunta, sus reivindicaciones sobre suelo urbano y vivienda. No es sino hasta mayo de 1980 cuando un importante número de organizaciones deciden crear la Coordinadora Nacional del Movimiento Urbano Popular (CONAMUP), en un primer encuentro celebrado en la ciudad de Monterrey, N.L. Ver: CONAMUP. Acuerdos y resoluciones, Encuentros nacionales i, ii y iii, OIA, Facultad de Arquitectura-Autogobierno, unam, 1983, 44 pp.

Sin lugar a dudas, la expresión más radical de esos años se encuentra en la aparición de los movimientos armados. Los casos de Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos y el de los grupos armados de guerrilla urbana, muestran hasta dónde la radicalidad de un pueblo oprimido puede encontrar formas de lucha que no necesariamente son pacíficas.

Ante la aparición de todos estos movimientos la represión, decíamos, tampoco se hizo esperar. El régimen dirigió todo su aparato represivo a enfrentar todos los movimientos y organizaciones que demandaban justicia, democracia y libertad. A los movimientos universitarios, como a los de Puebla, Guerrero y Sinaloa, se les trató como a los más peligrosos delincuentes; a los sindicatos se les boicoteó, por todos los medios, el derecho a la sindicalización libre e independiente; las regiones rurales más conflictivas fueron sitiadas y reprimidas; a los movimientos de colonos se les mediatizaba en la negociación aislada o se les expulsaba violentamente de los lugares invadidos. En fin, la represión ejercida por el Estado mexicano mostraba que ésta no era más que la contraparte a la organización popular, es decir, parecía ser que a mayor organización mayor represión. No valió nada. Ni siquiera la publicitada “apertura democrática” de un gobierno en decadencia, que impulsó la guerra sucia como el único camino para doblegar a todos los que se atrevieron a promover cambios en un país que los requería urgentemente.

En ese ambiente nacional y foráneo, lo que acontecía en la ENA, con el surgimiento del Autogobierno, estaba cubierto e influenciado por todo lo que sucedía más allá de sus fronteras; nada le era ajeno, más bien era parte de un todo donde conservaba su alicaída identidad, pero con la mirada dirigida a un prometedor futuro.

Cartel del movimiento en la Facultades de Medicina, UNAM, 1972. Archivo: JVAM


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