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VROLAK

M. Alejandro Gaytán Cervantes.

-Que bueno que llegaron, -nos recibe Vrolak-, son los primeros. Tu amigo Gil, que ayude a las muchachas, así entre los tres, terminarán más rápido. Tú Homero, vente conmigo; vamos a preparar unos brebajes, que mmm… Con solo probarlos, nuestros invitados se van a sentir en otro mundo. 

Tomados de la mano, pasamos por el gran patio sin techo; siempre oscuro por más que haya un intenso sol, a los rayos de luz les da miedo entrar ahí, y no penetran. De la bodega, de un cofre de piel, Vrolak saca unas botellas con líquidos viscosos; son de varios colores, sus contenidos también. Vacía parte de estos en una gran olla de cristal, llena de vino, que colocó en el centro de la estancia. Hace una pausa, dice unas palabras que no entiendo y suelta unos polvos alrededor del perol, mientras lo hace, pone el índice sobre mi cabeza. Y me hace girar. Estoy exaltado. La tomo por su cintura y le doy un beso en la mejilla; traté de dárselo en la boca, pero lo evadió con una sonrisa bien coqueta. Dice: 

-Están tocando, se oye un buen escándalo; la reunión estará de primera; ven vamos a abrir. ¿Te pido un favor? En toda la noche, no te separes de mí. 

Son más de quince chavos y chavas. Artistas, gente de la farándula, jóvenes medio intelectuales y cuates desmadre. Hablan de política, películas, literatura, arte; bromean, gritan, se carcajean. 

En el mero escándalo, en medio del salón, se planta Vrolak, que dice: -Esta reunión, es para conocernos mejor y formar una amistad eterna. Para ello tomemos una copa de las que se encuentran en la mesa del fondo y llenémosla del elixir de la vida, del tránsito de lo terreno a lo sublime; está aquí, junto a mí…De algún lado surgen las cadencias producidas por un instrumento anhelante, suplicante. 

En la gran olla, llenamos nuestros cálices. El momento es solemne. Una de las amigas trae una capa negra con forro rojo, se la coloca a Vrolak, quien se sube en un taburete y dice:

-Estamos aquí para lo mismo; honrar a nuestros cuerpos. Levantemos nuestro cáliz y brindemos por la grandeza de lo humano, que es lo divino, por la magia y el hechizo.  Se alzan las copas de los presentes; unos parecen jugar, otros lo hacen en serio, inclusive con aire solemne. Vrolak brinda: 

– ¡Potencia, caudal y pasión! 

Los presentes decimos lo mismo y bebemos nuestra copa. Vrolak se queda quieta, cual Afrodita; como ella, diosa griega del amor y la belleza, Nadie se mueve. Después de este instante eterno, levanta la mirada y dice:

-Ahora todos hagan lo mismo que yo. Nos despojaremos de nuestras pertenencias mundanas. Vrolak, deja cada prenda, como parte de un rito; despacio, ceremoniosamente. Los demás hacemos lo mismo. Ahora todos estamos al natural. No puedo despegar mi vista de ella. ¡Que hermosa es! 

Su figura delgada, bien formada, su cintura, sus caderas, esos pechos pequeños y altivos, adhieren mi mirada. Al darse cuenta, sonríe, me toma de la mano y me lleva con cada uno de los presentes, sea hombre o mujer, les damos un abrazo y repetimos las palabras del brindis: ¡Potencia, caudal y pasión! El brebaje inicia su secuela. 

Los reunidos forman parejas, tríos, y con mirada de iluminados se acarician, ríen, lloran, confiesan sus perversiones, se besan. Gil está en un rincón, sólo mirando. 

Vrolak me aleja del grupo. Llegamos al gran patio oscuro; entramos. 

Cada átomo de mi cuerpo se convulsiona en forma diferente y pierdo el control de mi mismo; ello me da placer e incertidumbre; sin embargo, poco a poco se ubican mis órganos en su lugar. Aparte de la extraña música cuyos sonidos abarcan la casa entera, el patio se llena de oleajes olfativos que arrebatan el sentido. En el espacio aparecen pequeños e intensos rayos de colores que surgen de ninguna parte. Sus gamas, no conocidas, recorren toda partícula de nuestros cuerpos.

Nos apostamos en el centro, donde ya no irrumpe ninguno; algo invisible los corta a centímetros de nuestra piel; aún así, los rayos lumínicos se mueven a nuestro ritmo. 

Una fuerza incorpórea nos levanta y tiende en una cama invisible, resistente, pero mullida, que nos acerca hasta hacernos uno solo. Recorro con mis labios y manos cada milímetro de su piel, lo saboreo. Vrolak y la cama se deleitan. Ambas vibran, gozan mi pasión.

Penetro en la más prodigiosa de las oquedades y el universo se aniquila a mis orígenes. Un terremoto vibrante nos estremece y la eternidad es parte del movimiento continuo. Pasan milenios de deleite y efervescencia. ¡La derrama de vida es coincidente y el esplendor irradia nuestros núcleos!

Terminamos tomados de la mano, Vrolak me acaricia el cabello. Inicia un beso en mis pies y sus caricias suben en intensidad por mi cuerpo; llega a lugares donde se convierten en algo no concebido; me hipnotiza. Después sube por mi vientre, tórax, hombros, labios. Se detiene, su respiración se agita, su mirada, de frente, es súplica anhelante. Muerde mi cuello. Es doloroso: ¡No importa! Me succiona: ¡Que bueno, así también se impregna de mí! Absorbe mi sangre hasta el hastío ¡Soy una piltrafa feliz! ¡Dormimos acurrucados en el aire! 

Después de una eternidad salimos del patio. La luz del día lastima nuestras pupilas. Tardamos en acoplarlas a tanta intensidad. Nos encontramos un cementerio: Hombres y mujeres están en el mismo estado que yo, con dos perforaciones en el cuello, pero ellos están derrumbados. 

Veo pasar a las amigas de Vrolak, a quienes da instrucciones. Con un gotero reaniman a los durmientes. Al descubrirse a sí mismos, se confunden; se visten y salen despavoridos. 

-Gil se acerca y me dice muy quedo: Sabías que esto iba a pasar ¿Verdad? Y corre hacia afuera. 

-Vrolak refiere: 

-No creas que la relación de nosotros fue como la de los demás. La nuestra es sólo entre tú y yo. Mis amigas hicieron lo que ves, con un propósito distinto. Por mi parte, te necesito junto a mí.

Desde siempre he creído que eras lo metafísico para mí; anoche descubrí: Lo eres. ¡Serás mi pareja durante nuestra muy larga existencia! 

Con las pocas fuerzas que aún me quedan, la abrazo, beso sus orejas mientras apenas alcanzo a murmullar:

-Lo que quieras, como quieras, cuando quieras. ¡No tengo voluntad! 

Sonríe, me entrega un brebaje amargo y pastoso. Lo bebo sin chistar. Parece que poco a poco renace mi energía. Me toma de la mano para retornar al patio ennegrecido. Sus deseos de perpetuar el trayecto al olimpo se intensifican. 

¡La convulsión vibrante continuará por una eternidad! ¡Será un claro reflejo, de nuestra inmortalidad! ¡Mía y de ella!

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