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Del cogobierno a la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes

Ramón Vargas Salguero

Muchos alumnos y profesores aprovecharon la nueva circunstancia creada por las condiciones externas e internas recién creadas por la estela del 68 y surgieron, tumultuosos, apasionados y rebeldes exigiendo solución a sus problemas.

¿Qué pretendía el Cogobierno de la Escuela de Diseño y Artesanías? ¿Cuáles eran las metas y valores que tenían en mente transformar y aplicar de tal modo que pudieran convertirlos en realidad? ¿A través de qué medios sería posible alcanzarlos y consolidarlos? Y, de fundamental interés ¿Cuáles fueron las condiciones que le facilitaron a alumnos y profesores de la, hasta ese momento todavía Escuela de Diseño y Artesanías, modificar de base su estructura académica, para a partir de ella concebir y dar a luz una nueva escuela?

Afortunadamente los estudiantes de la EDA no tenían heridas que restañar. La masacre había tenido lugar cuatro años antes y ello los libró del pánico de echar a correr despavoridos por pasillos y escaleras tocando todas las puertas a su paso a fin de clamar por refugio en alguno de los departamentos del conjunto habitacional en el que minutos atrás se encontraban compartiendo gozosos la anunciada manifestación exigiendo mejoras académicas.

Lo que convirtió a la Plaza de las Tres Culturas en un infierno fueron las descargas y los tronidos ensordecedores de las ametralladores y rifles que no acallaban los gritos estentóreos de estudiantes y soldados junto con las imprecaciones y rezos de unos y otros, donde las mentadas de madre se hermanaban con la invocación al Padre Nuestro y el ulular de las ambulancias que ya estaban ahí mezclándose con los camiones del ejército que con toda rapidez se llevaban montones de muchachos al Campo Militar No.1, como bien lo sabía todo el mundo, como también sabía cuál iba a ser su suerte. Fue la tarde y la noche del 2 de octubre de 1968; que no terminó con la pronta llegada de una noche tenebrosa ocupada en el recuento de los heridos y los muertos, que iban a abultar la bolsa infinita de la memoria. Noche de pánico que se convirtió en un parteaguas en la vida del todavía entonces Distrito Federal. Por primera vez los jóvenes tomaron las calles e hicieron oír su voz, sus demandas, sus ideas y sus planteamientos. Los carteles y poster’s del movimiento eran arte de difusión, información y rebeldía. La gente en las manifestaciones aplaudía y alentaba el movimiento. Las discusiones en las casas eran cosa de todos los días, cuando antes las familias ni siquiera hablaban. Los hijos empezaron a decir no a sus padres, cuando no estaban de acuerdo. Estar en las asambleas era lo más importante en la vida. Las huelgas y el cierre de escuelas se propagaron cómo el fuego en el pastizal seco. En cada escuela había comités de lucha. La UNAM fue la casa del movimiento, ahí estaba la cabeza, la discusión, los jóvenes decidiendo, argumentando, proponiendo un cambio en el momento que nos había tocado vivir. Se creó el frente unido de escuelas de arte: el Conservatorio Nacional de Música, la Escuela Nacional de Música, La Esmeralda, la Escuela de Danza, todos dejaron atrás lo clásico y se lanzaron a la canción protesta, a tocar, bailar y pintar en las calles. La mezclilla y los morrales eran casi un uniforme. Las corretizas de los granaderos eran el pan de cada día. Las cosas estaban cambiando y se notaba: Nunca más un mundo sin la participación de los jóvenes estudiantes.

¿QUÉ HACER?

Después de dar sus primeros pasos en 1956 como Centro Superior de Artes Aplicadas en 1961, a instancias de Carlos Lazo Barreiro y Raúl Cacho, se comisionó a José Chávez Morado para que organizara la Escuela de Diseño y Artesanías a fin de impartir cursos artesanales y una carrera de diseñador artesanal, a la manera de la Bauhaus, que empezó a funcionar en 1962. En 1964 se dividió entre los artesanos y una carrera de diseño artístico industrial que empezó a funcionar en ese mismo año, con el propósito de darle continuidad a la rica experiencia acumulada con las obras de Ciudad Universitaria.

            Por su peso caía que, aunque claramente diferenciados los dos grandes sectores de la EDA, la separación entre ellos no se podía subsanar de modo que cada una se vinculara y enriqueciera con las concepciones de la otra. Ni los artesanos que tenían a su cargo el trabajo de los talleres, ni los salones donde se desplegaban las clases eran recíprocamente empleados.

            Esta situación, de hecho, también era reforzada por la mayoría de los propios alumnos, muchos de los cuales tenían claramente definidos sus intereses profesionales. Y el hecho de que en la Escuela se enseñara a producir objetos de barro, de vidrio, de plástico, de madera, de esmalte, de estambre, de textiles, aunado a que, por tanto la Escuela estaba obligada a proporcionar anualmente una cantidad básica de materia para realizar los ejercicios, llevaba a que los talleres frecuentemente carecieran de material y fueran tomados no para a través de la práctica mejorar el domino del diseño y de la producción, sino que buena parte de los productos elaborados eran destinados a la comercialización inmediata.

PRIMEROS PASOS

            Pero con todo y ello la Escuela iba trabajando con más o menos buenos resultados sin que los maestros y los alumnos aspiraran a un título profesional, ya que sólo un porcentaje limitado de ellos había cumplido con los estudios de Preparatoria. Así las cosas, en la Escuela se respiraba una calma chicha que sólo rompían percances sin mayor trascendencia.

            ¿Qué pasó que una buena mañana nos encontramos con la voz altisonante del Director exigiendo que lo dejaran pasar a su cubículo cuya puerta la cerraba una alumna que ya le había puesta una cadena para impedírselo? ¿Qué pasó que en vez de que las aguas volvieran a su cauce, más pronto que tarde ya se estaban vaciando los talleres y los salones y la voz de “¡Asamblea, Asamblea!” empezaba a resonar por todos los rincones? Pues quién sabe, pera ya íbamos todos al Salón de Ceremonias a que la Asamblea nos enterara qué estaba pasando. El Director, ya se había ido y nadie sabía quién había convocado ni qué se iba a tratar. Pero el Salón ya estaba lleno y la algarabía era mayúscula y, por supuesto, no había quien se responsabilizara del llamado. Poco a poco las aguas volvieron a su curso y la Asamblea ya estaba cierta de que se trataba, nada más ni nada menos, ¡que de sustituir al Director! ¡Se nos convocaba, de manera atropellada, a proponer candidatos para ¡SUSTITUIR AL DIRECTOR! ¿Quién? ¿Por Qué? Pues nadie se hacía cargo, pero ya se levantaban manos para proponer a angas o mangas y angas o mangas ya estaban diciendo el tipo de Escuela que proponía aderezada por otras materias y otras reglamentaciones y cómo su propuesta era la mejor en que se podía pensar. Entre todas las propuestas, se mencionó a dos profesores, Ricardo Flores Villasana y Pedro Preux respectivamente, que contaban con experiencia, y que expusieron sus puntos de vista, pero no encontraron eco y sí, mucha algarabía, que continuaba. ¿Qué dije yo cuando me tocó el turno de exponer mis puntos de vista en esa elección sui generis que sin tener mucho conocimiento de la burocracia, ni de las leyes y reglamentos, sí sabíamos, los que estábamos a punto de elegir nuevo Director, que eran las Autoridades de Bellas Artes las únicas que estaban autorizadas para designar funcionarios? Pues quién sabe; pero cuando llegó el momento de levantar la mano para votar, resultó ¡ que yo fui elegido por la mayoría de la Asamblea para ser el nuevo Director de la Escuela de Diseño y Artesanías.! Sin embargo, en medio de la vocinglería que no cesaba logró escucharse, al momento de estar enunciando propuestas para mejorar la enseñanza de la EDA, que alguien logró hacer escuchar su voz para pronunciar en tono suficientemente alto como para ser tomado en cuenta e impuesto como consigna: ¡AUTOGOBIERNO! Pero ya nadie pareció escucharla pues acto seguido nos estábamos encaminando al Palacio de Bellas Artes para informarle al Director del INBA, arquitecto Luis Ortiz Macedo el resultado de nuestra elección y la solicitud de que él, como Director del INBA, la ratificara.

            ¿Qué habrá pensado Ortiz Macedo cuando se vio forzado a bajar a la Sala Ponce repleta de alumnos y profesores escandalosos que no tardaron en ponerlo en antecedentes y en persistir en que refrendara la designación que se le estaba comunicando, sin más? Ya no me acuerdo, pero se llegó a un acuerdo según el cual yo quedaba como “interino” o algo similar, el caso es que regresamos alegres y triunfantes a brindar a la escuela. Había transcurrido dos o tres horas para que la enigmática palabra transformada en COGOBIERNO, cobrara carta de ciudadanía y aun careciendo de pasaporte, porque nadie sabía lo que significaba e implicaba, ya había sido adoptada. Tampoco hizo falta mucho tiempo para que fuéramos dándonos cuenta de en la que nos habíamos metido.

            Conversaciones iban y venían con los jefes de los talleres de maderas, plásticos, vidrio, cerámica, esmaltes, textiles y plata, a fin de ir interiorizándome en la complejidad de la escuela, misma que aumentaba cuando emprendí la misma reunión con los profesores integrantes de la carrera de diseño. Y los problemas se multiplicaron al asumir que los alumnos, además de quejarse de que la escuela no les proporcionaba los materiales que constituían la materia prima de sus talleres, aspiraba que, al terminar sus estudios se les entregara un título. ¿Un título? ¿Profesional? ¿Título sin haber cursado la Preparatoria? ¿Y cómo podían cumplir con este nivel, irrecusable, de estudios, ahora que ya habían abandonado la escuela de estudios básicos? Y el descontento aumentaba entre los alumnos que tal vez imaginaban que el Cogobierno les resolvería su nivel académico. Y otro tanto acontecía con los profesores que se vieron conminados a elaborar sus programas de materia y a partir de ellos el nuevo plan de estudios, mismo que empezaba exigiendo el nivel de preparatoria. Y para completar medianamente la circunstancia que vivimos movidos por el afán de convertir a la EDA en una Escuela de Nivel Profesional que expidiera títulos equivalentes a los que extiende la UNAM o el POLI, no puedo dejar de mencionar la campaña acerva, evidentemente pagada, que desplegó el señor Deschamps de la Sección Cultural del Diario Excélsior, que un día y otro también sacaba artículos tildándonos de estar difundiendo el comunismo y planteando el peligro que representaba mi plan de estudios.

            Las vicisitudes se multiplicaron, pero contando con la ayuda de nuevos profesores, y dirigiéndonos a las oficinas de la SEP, logramos que se le concediera a la EDA el reconocimiento de su nivel profesional. ¡Al fin ganamos!

A CINCUENTA AÑOS DE INICIADA LA LUCHA POR UN COGOBIERNO,

¿Qué ha sido de tanto afán?

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