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Aquel 18 de abril

J. Víctor Arias Montes

Ha transcurrido una semana desde la realización de la asamblea plenaria del 11 de abril de 1972, día en que se empezaron a organizar, tanto en los talleres como en los grupos académicos de materias, los profesores y alumnos que habían decidido transformar la Escuela Nacional de Arquitectura (ENA) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Desde la base misma se empezó a organizar el movimiento, y desde ahí se dirigía. Base y vanguardia eran un sólo cuerpo, en una sola dirección. Los intereses y las reivindicaciones eran comunes. La actitud autogestionaria se hizo presente con fuerza inusitada: académicos, estudiantes y trabajadores sin distinción alguna y espontáneamente lanzaron al vuelo la utopía de una nueva escuela.

Expresión gráfica del movimiento democratizador de la ENA, desarrollada por los estudiantes agrupados alrededor del Comité de Arquitectura en Lucha (CAL). Todos estos carteles fueron únicos, pues ninguno se reprodujo por ningún medio. Fotografías: JVAM.

Además, desde ese momento se reconoció en la asamblea plenaria al órgano de decisión de más alta jerarquía dentro de la ENA, capaz de amalgamar los más diversos intereses de profesores, estudiantes y trabajadores para encontrar una  nueva orientación académica acorde con… la realidad de nuestro pueblo y nuestro país…, planteándose ahí mismo la necesidad de… dar a la Escuela una nueva estructura que genere un desarrollo dinámico, permanente y democrático… Mientras tanto, la dirección no sabía qué hacer; llamaba al respeto, a la legalidad y llamaba también al diálogo. Pero ya nadie quería escucharla, ya pocos creían en ella; tantas subestimaciones y tantas promesas no cumplidas, daban la razón a la comunidad sublevada en busca de nuevos horizontes.

En los talleres las contradicciones se agudizaron rápidamente y los seguidores de las autoridades eran expulsados o bien, como en la mayoría de los casos, salían por su propia voluntad al ver que su “autoridad” se desmoronaba a la primera crítica de alumnos y profesores.

Con todas las condiciones adversas la dirección decidió jugarse el todo por el todo convocando a una nueva asamblea para el día 18 de abril. La convocatoria causó asombro; primero, porque la propia dirección se había negado a participar en todas las asambleas pasadas y, segundo, porque en esos momentos eran una evidente minoría. Las discusiones en los talleres giraban en torno a la participación o no en dicha asamblea. Pero la decisión fue unánime: se participaría y argumentaría a favor de las decisiones tomadas y en la necesidad urgente de dotar a la ENA de una nueva estructura.

Llegó el día. Inicó la asamblea el 18 de abril de 1972 a las 17:00 horas. Se dice que son cerca de 2 mil personas, otros más dicen que son más de 3 mil…. Pero no son tantos; la asistencia es igual o un poco mayor a la del 11 de abril. Como en ocasiones anteriores, butacas, corredores, foro, todo está totalmente lleno. Se nombra la Mesa, con profesores y alumnos propuestos por la dirección; personal de su confianza.

La discusión comienza. Hay promesas; se reconoce la necesidad de un cambio, pero no hay compromiso. Hay cuestionamientos y el ambiente se torna cada vez más tirante; de un lado y de otro se ofrecen argumentos. Hay madurez en el inicio, pero poco a poco las personalidades que apoyan a la dirección pierden sus elegantes argumentos y su locución se torna agresiva, sarcástica y provocadora. Mientras, los de acá, con esa frescura que da la naturalidad empiezan la embestida; se denuncia, se leen papeles, se citan acuerdos no cumplidos del Consejo Técnico, se señalan favoritismos, se recuerda el Congreso fallido para cambiar el Plan de Estudios, el camión, la biblioteca, el 68… En fin, se ofrecen los mejores y más contundentes argumentos para que se respeten los acuerdos tomados, especialmente los del 11 de abril.

Cada intervención de denuncia se gana los aplausos; los chiflidos y los abucheos se van escuchando para los que apoyan a las autoridades. Los maestros han perdido los estribos, han caído en su propia provocación. El final se acerca; el director se encuentra más y más acorralado, ya casi no responde. La impotencia y desesperación de no poder ofrecer argumentos convincentes acaban derrotándolo. Molesto, abandona la asamblea, en medio de una atronadora rechifla y rechazo por su actitud. Inmediatamente los que lo apoyan salen también, entre silbidos y aplausos.

Hay un aparente desconcierto en los que se quedan; se pide orden y que se acomoden los que están parados y en las escaleras, pues hay algunos asientos vacíos. Se exige a la Mesa que continúe la asamblea; no le queda otra opción más que seguir dando la palabra. Alguien, con demasiada inteligencia, propone que se levante el acta ratificando los acuerdos pasados, los del 11 de abril. Se da una pequeña discusión, pero ya todo está consumado. La Mesa se muestra en principio renuente a levantar el acta, pero la presión de los asistentes pesa más que su voluntad. Pasan ya de las 21:00 horas y la Mesa empieza a redactar el acta; el tiempo pasa y pasa, sin sentirse. De pronto, cerca de las 23.00 horas, la Mesa, nerviosa y deprimida, da lectura al acta:

ACTA DE ASAMBLEA PLENARIA. Abril 18 de 1972.

La asamblea en pleno, de alumnos y profesores, convocada por dirección de la E.N.A., el día 18 de abril de 1972 a las 16.00 hs y terminada a las 21.00 hs; acuerda y ratifica, las decisiones siguientes; tomadas de las anteriores asambleas plenarias.

 1. La renuncia de las actuales autoridades de la E.N.A. por la deficiencia e inoperancia en el desempeño de sus labores, enumerándolas a continuación según sus cargos:

Director de la E.N.A. Arq. Ramón Torres M.

Secretario,

Jefes de Departamento.

Jefes de materia.

Jefes de Taller.

Concejo (sic) Técnico.

Comisión de Servicio Social y examen profesional.

Consejeros Técnicos profesores.

Consejeros Universitarios alumnos y profesores.

Jefe del Instituto de Investigaciones Arquitectónicas.

Jefe de y Cuerpo administrativos de la división de estudios superiores de Arq.

Jefe del laboratorio de estructuras laminares.

Oficina de Administración Académica y cualquier otro organismo dependiente de la Administración de la

E.N.A.

Testigos:

Arq. José Luis Calderón. Jefe del depto. de Construcción.

Arq. Raúl Kobeh H. Consejero Universitario, profesor de la ENA, Consejero Técnico.

Alfonso Nápoles Salazar. Jefe del Taller “C”.

Juan Antonio García Gayou. Jefe de Materia Diseño I (matutino).          

Fernando Llamas. Alumno.

Jorge S. Vargas. Alumno.[1]

[1] “Acta de Asamblea Plenaria”, ENA-UNAM, 18 de abril de 1972, manuscrito, 2 p.

Acta de Asamblea Plenaria del 18 de abril de 1972, ena-unam, manuscrito, 2 pp. Archivo: JVAM

Una  atronadora ovación se escucha en el auditorio; aplausos, abrazos, miradas incrédulas… el tiempo transcurre rápido, el teatro “Genaro Vázquez” se va quedando vacío. Todos hacen comentarios, ríen, cuentan… No bastaron los argumentos a favor de la “legalidad universitaria” esgrimidos por la dirección, y ni siquiera los llamados de respeto a la “autoridad”, ni tampoco que el director hubiera querido manejar sentimentalmente la situación al haber hecho referencia de que él, conjuntamente con muchos otros profesores, habían apoyado al movimiento estudiantil de 1968, aunque claro, como él mismo lo señalara, el “apoyo” no fue como muchos lo hubieran querido “por situaciones obvias”. No, no bastaron los argumentos esgrimidos por las autoridades; ninguno tenía ya un ápice de credibilidad.

Mientras tanto el CAL como el Colegio de Profesores, habían recorrido un largo camino ganándose el apoyo de las bases, logrando articular el movimiento particular con el movimiento universitario y nacional por la democratización de la enseñanza. La autogestión tenía aquí su primer fruto, con un sabor dulce, nada amargo, que todos disfrutaban en esos instantes. En esta situación específica, el movimiento adquirió tanta fuerza y apoyo que se convirtió en un verdadero movimiento de masas que difícilmente podía ser derrotado en esos momentos. Las bases, heridas en sus sentimientos por ese trato que en todo las subestimaba brindaban una gran lección de lucha al movimiento democratizador: habían roto los lazos de la opresión burocrática sobre la academia. Ahora, faltaba lo más difícil: consolidar el movimiento y reestructurar la escuela.

Como se habían tomado los talleres y las clases no se suspendieron,  se organizaron y desarrollaron las primeras asambleas para reorganizarlos y participar en las discusiones generales. Muy rápido se constituyó una estructura paralela de talleres que enfrentaba diariamente a quienes se oponían al cambio. El Taller “A” se convirtió en el Taller “1”, el “B” en el “2”, y así sucesivamente hasta llegar a ocho. Así fueron surgiendo los talleres integrales, con nuevos planteamientos e ideas: los talleres de número. Los que no estuvieron de acuerdo con el movimiento, los menos, conservaron momentáneamente sus talleres con su respectiva letra. A esa naciente estructura se sumó el Taller Experimental, adoptando, por unanimidad, el número 6.

La crisis había hecho explosión. Alumnos y profesores se lanzaron a la conquista de lo que parecía imposible: democratizar la ENA. Ahora, luchar por el reconocimiento y legalidad del movimiento y sus reivindicaciones se convertía en un objetivo más que necesario.

Pocos creyeron que el movimiento pudiera lograr algún éxito, pero rápidamente se fueron sumando más profesores, estudiantes y trabajadores descontentos con las autoridades y, poco a poco, se fue construyendo una de las corrientes autogestivas más importantes y significativas al interior de  la UNAM.

Efectivamente, no podía ser de otra manera: en una escuela tradicionalmente autoritaria, apática y en constante decadencia académica, la alternativa tenía que encaminarse a precisamente revolucionar la estructura en su conjunto y a revalorar las formas de relación y participación de la comunidad. La propia dinámica del movimiento, los antecedentes de 1966, 1967, 1968 y 1971, las corrientes ideológicas propias de esos años, el contexto en el que éste surgió y se desarrolló y las características particulares de los individuos y grupos que participaron en él, crearon las condiciones necesarias para que éste avanzara y se desarrollara en ese preciso momento y no en otro.

En ese ámbito precisamente, tanto interno como externo, emergía un movimiento democratizador de gran alcance; no como capricho político o idea preconcebida de una, dos o tres personas, sino como necesidad histórica de una institución en crisis; no como un movimiento aislado y aventurero, sino como un movimiento articulado y alimentado por los sentimientos de un pueblo reprimido. Un movimiento espontáneo y de reivindicaciones inmediatas se estaba transformando en algo que nadie imaginaba. Y no fue tampoco, como muchos piensan, un movimiento solitario y desencajado del movimiento general por la democratización de la enseñanza; más bien fue parte integrante de éste y a él en mucho se debe.

Llegar a este momento no había sido fácil, más bien muchos no sabían cómo habían llegado a él; pero ahí estaban. No surgían de la nada; surgían de la historia, de la historia lejana y de la historia reciente: el lapso de 1963 a 1972, donde se fue construyendo lo imposible.

Así, se entenderá que los objetivos iniciales del movimiento no habían sido inventados ni sacados de alguna manga mágica. Por el contrario, eran objetivos que correspondían a un momento histórico preciso y a un contexto, del que la ENA formaba parte y del que no podía sustraerse.

Heredaba, sin habérselo propuesto, el espíritu de los funcionalistas socialistas de los años 30 que propugnaban por una arquitectura que resolviera los problemas de la clase social más depauperada pensando, en el fondo, en un país diferente.

La discusión colectiva y cotidiana en los talleres y en las asambleas enriqueció los objetivos iniciales, ampliándolos sustancialmente unas semanas después:

1. Totalización de conocimientos.

2. Praxis.

3. Diálogo crítico.

4. Autogestión.

5. Crítica–Autocrítica.

6. Conocimiento de la realidad nacional.

El objetivo de Arquitectura hacia el pueblo se transformó en el principio básico de este movimiento: Vinculación popular.

Rápido corrió el tiempo, y a principios de mayo de 1972 el naciente proyecto académico decidió colectivamente llamarse Autogobierno, delineando las primeras ideas sobre cómo debería orientarse la enseñanza y la estructura federada con los nuevos talleres, así como de algunos apuntamientos programáticos que obviamente requerían de  mayor análisis y discusión. Y se creó, además, una de las expresiones gráficas más originales sobre papeles y muros que daban cuenta de las principales ideas expuestas públicamente.

Para ese mes, se contaba con 8 talleres integrales trabajando sobre la nueva orientación, consolidando la confianza de que el movimiento no sería reprimido si la movilización continuaba. Para garantizar lo anterior, la Comisión Académico-Administrativa creada emergentemente se entrevistó con el Secretario General de la UNAM donde se reiteró que “no se obstaculizaría ningún trámite, ni de actas ni de otra índole, con el objeto de no perjudicar ni a los alumnos ni a los profesores; tampoco —se confirmaba— se utilizará como una medida política para frenar la inquietud de cambio en la Escuela Nacional de Arquitectura.”[2]

[2] “A la comunidad de la ENA”, Comisión Académico-Administrativa, ENA-UNAM, 19 de junio de 1972, 1 p.

La respuesta de la otra parte de la ENA que no estaba de acuerdo con esta nueva búsqueda de estructura, también empezó a manifestar públicamente sus desacuerdos con las decisiones que se habían tomado y, sobre todo, porque se sentían desplazados de sus nichos que celosamente feudalizaron por años. Sus llamados de respeto al marco jurídico de la UNAM y a analizar los problemas de la ENA, se valoraron más como propuestas distractoras que como verdaderas alternativas para solventar los problemas que ellos mismos se negaron a revisar por mucho tiempo. No valió ni siquiera el cobijo que las autoridades universitarias les empezaron a brindar, pues su presencia y mando académica dentro de la ENA estaba desacreditada.

Así que la nueva orientación de los nacientes talleres integrales se centró en la introducción de temáticas de proyectos que resultaron ser, nada menos, que demandas expresas de colonos o asociaciones de colonos con problemas de urbanización, vivienda y equipamiento. Los talleres, pues, adquirieron una dimensión académica y política nunca antes vista en la ENA al vincularse a la realidad y trabajar para transformarla. Extender el conocimiento universitario alimentó su espíritu.

Para articular los talleres integrales, se sugirió y aceptó por todos que éstos se organizaran en una confederación con representantes a una Asamblea de Delegados, donde cada uno bosquejara su propio camino sin depender de alguna autoridad, pues ésta recaía ahora en sus estudiantes y profesores. A su vez, las comisiones generales se replicaron en los talleres con el carácter de coordinar las actividades inherentes a cada uno, sin tomar decisiones por sí solas. Una coordinación general colegiada en cada taller enlazaría internamente todas las decisiones. Para concretar las diversas ideas sobre la estructura orgánica, se creó una comisión voluntaria para estudiar los esquemas que se estaban presentando y ofrecer una propuesta a la Asamblea Plenaria sobre la reestructuración general de la ENA. Apenas se estaba en camino de la creación de una estructura democrática de avanzada, con una participación sin parangón en la historia de la vetusta Escuela Nacional de Arquitectura.

Un gobierno de la comunidad, fue la respuesta radical al autoritarismo. El gobierno que se ejerce a través de la asamblea plenaria, donde no hay distinción entre profesores, estudiantes y trabajadores, alentaría la libre participación de todos. El poder son todos, todos deciden. Delegar responsabilidad a comisiones con carácter ejecutivo; cualquier decisión tendrá primero que consultarse a la base, de la que tendrá que informársele con anterioridad. Federación de talleres, no hay jerarquías. No hay director, hay administrador  que gestiona los recursos, que ejecuta las decisiones tomadas en asamblea. No hay autoridad unipersonal, ésta es colectiva.

Ese fue aquel 18 de abril de 1972.

Desplegado llamando al respeto del “orden jurídico” de la UNAM y de “participación” estudiantil y docente de la ENA, Excélsior, 14 de abril de 1972. Archivo: JVAM

Gaceta UNAM del 10 de mayo y 4 de octubre de 1972. El Arq. Ramón Torres manifiesta su disposición a estudiar la problemática que vive la ENA.


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