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90 años de la creación del Instituto Politécnico Nacional: 1932-2022.[1]

(Segunda de tres partes).

Gerardo G. Sánchez Ruiz

[1] Este es un resumen del trabajo: Sánchez Ruiz, G. G. (2014). “La autonomía de la UNAM y la creación del Instituto Politécnico Nacional, dos expresiones de la lucha ideológica por la educación en México”. CIAN-Revista De Historia De Las Universidades17(2), 195-221. Disponible en: https://e-revistas.uc3m.es/index.php/CIAN/article/view/2336

Fue en el contexto señalado en la Primera Parte de este trabajo, que fue planteada la creación de la Escuela Politécnica Nacional en 1932 como alternativa educativa, a partir de reorganizar al Departamento de Educación Técnica Industrial y Comercial (DETIC) por licenciado Narciso Bassols. Si bien la preocupación de Bassols se concentró en todos los niveles educativos, al decidir la reestructuración del DETIC buscaba apuntalar la formación de profesionales requeridos por el país, dando cause a ideas que sobre educación tecnológica profesaban personajes como Luis Enrique Erro jefe de aquel Departamento, el arquitecto y pintor Juan O’Gorman, los ingenieros Carlos Vallejo Márquez, José A. Cuevas y José Gómez Tagle, y otros.

Reencaminar a la educación técnica, era para aquellos y otros personajes, una premisa para la reconstrucción del país y una de las vías para acceder al progreso, aspiraciones que por supuesto llevaban intrínseca la necesidad de atender las carencias existentes en los grupos populares para así llevarlos a otro nivel de bienestar. Lo anterior fue patente en los documentos justificatorios de la señalada reestructuración del DETIC, donde el licenciado Bassols aseguraba:

Para los intereses generales del país, las escuelas técnicas tienen una gran importancia porque de ellas depende grandemente el porvenir de nuestra economía nacional […]. La Secretaría, por lo tanto, se esforzará por imprimir a todos los planteles de enseñanza técnica una orientación que puede resumirse en los siguientes rasgos principales: I. Las condiciones y exigencias de nuestra economía nacional serán las que determinen la orientación y caracteres de la educación técnica. II. El paralelismo entre la economía industrial y comercial y la enseñanza técnica correlativa, determinará los conocimientos que se impartan, el mayor o menor número de educandos en cada rama de la enseñanza y, en general, todos los aspectos de la obra educativa. III. Las enseñanzas serán eminentemente prácticas; no se crearán largas carreras inaccesibles para la mayoría de la población, sino que en cada plantel se darán múltiples oportunidades de acuerdo con las condiciones económicas de los alumnos, de tal suerte que un obrero que sólo pueda estudiar seis meses un oficio, lleve un caudal de enseñanzas utilizables en su trabajo y aquel que en cambio pueda proseguir estudios varios años alcance una especialización técnica de categoría. IV. La educación no tenderá a impartir enseñanzas “de adorno”, sino que siempre buscará el medio de proporcionar al mayor número posible de gente, una aptitud para ganarse la vida como asalariado en la industria o como elemento participante en la dirección de ella.[2]

[2] Narciso Bassols, “Sobre la organización, orientación y actividades del Departamento de Enseñanza Técnica y Comercial” en Alonso Aguilar (Comp.), Narciso Bassols, México, Fondo de Cultura Económica, 1964, pp. 216-218

El licenciado Narciso Bassols. Gaceta UNAM, diciembre 28 de 2021.

Con esa visión se formaron una serie de comisiones a instancias de la SEP, para, por un lado, construir la estructura y filosofía que sustentarían a la institución Politécnica y escuelas que la formarían; y por otro, poner a consideración de varias instancias profesionales la viabilidad del proyecto. El proceso por supuesto no fue sencillo, por los intereses que se enfrentaban, además que hubo la necesidad de atender opiniones por ejemplo de sociedades de ingenieros y arquitectos, documentar, argumentar y ser tesoneros para finalmente materializar el “conjunto politécnico”.

Con esos antecedentes y necesidades del país, al concluir los trabajos de las comisiones formadas para analizar las posibilidades del centro tecnológico que se estructuraba, y en consecuencia, al exponer la estructura y filosofía que dio cuerpo a la Escuela Politécnica Nacional, el ingeniero Luis Enrique Erro en la Memoria de Labores de la Secretaría de Educación Pública correspondiente a 1932, refirió:

Se considera como Enseñanza Técnica aquella que tiene por objeto adiestrar al hombre en el manejo inteligente de los recursos teóricos y materiales que la humanidad ha acumulado para transformar el medio físico y lo adaptado a sus necesidades […]. La amplitud de la connotación del vocablo “técnica impone la necesidad práctica de delimitar claramente el grupo de enseñanzas que se pretende abarcar, para no perderse en tanteos indefinidos[…]. Así pues, tenemos el campo de la enseñanza técnica constreñido, por lo que se refiere a los grupos de conocimientos a impartir, 1º. Aquellas disciplinas científicas, catálogos de conocimiento y adiestramiento de la capacidad y habilidad de trabajo que tienen por objeto la transformación del medio físico para adaptarlo a las necesidades del hombre y, 2º. De ese grupo, tan sólo a aquello que la organización social de los recursos materiales impone como útil y necesario. Así pues debe entenderse que la acción del Estado en esta materia es una actividad de apoyo de la organización de la producción y del cambio, que consiste precisamente en suministrar a ésta los elementos humanos que necesita para la mayor eficacia de su funcionamiento.[3]

[3] Secretaría de Educación Pública, Memoria relativa al estado que guarda el ramo de educación pública, México, 1932, pp. 353-355.

De acuerdo a la señalada Memoria de Labores, Luis Enrique Erro argumentó que la Escuela Politécnica Nacional al crearse, tenía como vértebra a la Escuela Preparatoria Técnica en donde los aspirantes iniciarían estudios básicos en el área tecnológica, para culminarlos en las Escuelas de Altos Estudios Técnicos de las cuales ya estaban definidas la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) y la Escuela Superior de Construcción (ESC) —posteriormente denominada Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura—, aunque como se argumenta más abajo, ya se prefiguraba la inserción de otras escuelas.

Continuando con la argumentación, Luis Enrique Erro para justificar a la Politécnica, señalaba que esas escuelas formaban “un conjunto coordinado, trabado sólidamente, ajustado a las necesidades reales y susceptible de un amplio desarrollo”, enfatizando:

La Politécnica representa para nuestro país un grupo de instituciones docentes de utilidad inmediata y clara […]. Dentro de nuestro medio escolar, la Politécnica, así concebida y así iniciada, representa un punto de claridad y una unidad de medida para todas las facultades profesionales. Creada con los elementos dispersos de esfuerzos anteriores, inconexos e incompletos, la institución politécnica queda delineada en sus más generales aspectos y aparece como un programa de acción trascendente que, debidamente conducido y realizado, formará con el tiempo un grupo docente de importancia capital.[4]

[4] Ibid, pp. 414.

No fue una situación sencilla plantear una alternativa educativa en el área tecnológica frente a lo desarrollado por la Universidad, si se considera que Bassols lo resumía del siguiente modo: “hacia la universidad tenderán aquellas escuelas o facultades destinadas a formar el especialista en el pensamiento humanista de la generalidad; hacia la politécnica aquellas destinadas a formar a los especialistas en la acción concreta, normativa, disciplinada y particular”.42

Por supuesto, cuando el Estado presento a la Escuela Politécnica Nacional como una opción para el nuevo país que se construía, hubo de enfrentar los consecuentes ataques de la reacción. Uno de ellos aconteció en la celebración de la autonomía en 1933, donde el licenciado Rodulfo Brito Foucher director de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales pese a reconocer cuatro funestos años de autonomía, fustigó el proyecto estatal y la recién creada Politécnica, y en lo que parecía una respuesta a Bassols, hizo una clasificación de las escuelas de la República en dos grupos: “Aquellas en donde predomina la libertad del pensamiento: la Universidad Nacional y aquellas en donde se enseña el criterio oficial de los hombres que detentan el Poder, que son las que dependen de la Secretaria de Educación Pública y de los gobernadores de los Estados”, remarcando:

En esas escuelas es donde se forma el corazón de los niños; los niños cuya pureza ha sido ensalzada por los evangelios, salen de los hogares para caer en manos de los maestros nombrados por los tiranos locales, por los caciques locales, y para la Secretaría de Educación Pública que es el órgano de los caciques nacionales […]. Y es necesario que la Universidad Nacional, comprendiendo la urgencia y la gravedad de este problema, salve el abismo profundo que existe entre la escuela de la esclavitud y la escuela de la libertad.[5]

[5] Rodulfo Brito Foucher, “Discurso” en Discursos pronunciados en la ceremonia conmemorativa de la reforma universitaria, México, Federación Estudiantil Universitaria de México, 1933, p. 14

La efervescencia estudiantil universitaria era latente, se seguía percibiendo la injerencia del Estado, por lo que entre profesores y estudiantes universitarios se continuó planteando la autonomía plena. Fue de ese modo que, al continuar las presiones por parte de estudiantes y profesores a través de manifestaciones públicas o impresas, el Estado hubo de variar su relación con la Universidad al otorgarle la autonomía plena en 1933, no obstante, retirándole el concepto de Nacional que ostentaba.

En su memorable discurso del 17 de octubre de ese 1933, con relación a la iniciativa de reforma a la Ley Orgánica de la Universidad donde se le definió el status que ahora blande, el licenciado Bassols señaló:

La Universidad deja de ser la Universidad Nacional para convertirse en la Universidad Autónoma de México; deja de ser el órgano encargado de la función de educación profesional y asume el carácter de no ser ya por antonomasia la Universidad, sino una Universidad en la República […]. El Gobierno de la República, además se queda, señores, con un renglón de actividad educativa que es indudablemente el de mayor trascendencia y significación para el grueso de nuestros habitantes: la educación técnica, la educación útil que enseña a mover la mano y a utilizar las fuerzas de la naturaleza, para crear productos capaces de elevar el estándar de vida de las grandes masas trabajadoras […]. ¡Ojalá, señores, que cien años después de la Ley de 1933, no se recuerde este momento como el instante en que se puso en evidencia clara y definida la incapacidad de los universitarios para coadyuvar a regir el destino de México![6]

[6] Narciso Bassols, “Sobre la iniciativa de Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de México” en Alonso Aguilar (Comp.). Narciso… pp. 244-245.

Esta fue la posición del gobierno ante la actitud de una elite universitaria que con argumentos de la libertad de pensamiento, políticamente e ideológicamente estaba rechazando un proyecto con el que no estaba de acuerdo alineándose a otra manera de pensar mayormente empresarial. Manuel Gómez Morín ya como rector de la Universidad Autónoma de México argumentando en contra de las pretensiones del Estado y de grupos de estudiantes y maestros progresistas también incrustados en este centro, argumentó respecto al nuevo status:

La Universidad tiene y quiere un fin muy claro y muy definido, ese sí exclusivo y único. Es un fin de servicio a la comunidad. Está ligada con las más limpias y más elevadas aspiraciones de íntegro mejoramiento humano. Jamás podrá alzarse en contra de ese fin, porque él es la substancia misma del trabajo universitario y sin él la Universidad no tiene razón alguna de existir. Pero precisamente para cumplir ese fin exclusivo, la Universidad está en el deber de conservarse como un campo libre, abierto a la discusión, condicionado solamente por la objetividad y por la honestidad en los que en ella trabajen. Aún en el caso de que todos los que formen la universidad en un momento dado, adopten como cierto un sistema doctrinal cualquiera, la Universidad no puede cerrar sus puertas a la consideración posible de otros sistemas que rectifiquen el uniformemente aceptado. De lo contrario, si con el pretexto de una “orientación” postiza abandona la única orientación que realmente puede tener, la de su propio fin, la Universidad traiciona su destino y causa un mal inmenso a la comunidad que debe servir.[7]

[7] Manuel Gómez Morín, La Universidad de México.- su Función Social y la Razón de Ser de su Autonomía, México, Previsión, 1934, p.12.

Entonces en medio de ataques por su filosofía, con el trabajo de un pequeño grupo de gentes de buena fe, con recursos por demás limitados, pero sobre todo, con la perspectiva de coadyuvar con el desarrollo del país y la atención a la serie de carencias que, en esos momentos enfrentaban sobre todo los grupos populares, se fue afianzando la presencia del Instituto Politécnico Nacional, para entrar a una ruta determinante a partir de 1936 cuando el general Cárdenas ofreció un decidido apoyo para su consolidación y expansión, convirtiéndose de ese modo en la segunda gran casa de estudios del país, y con carácter nacional y escuelas en los Estados.

Centro Escolar Técnico Industrial del IPN en Tijuana, B.C., ca. 1939. IPN, Anuario, 1939.


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