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CARTAS A AMLO ACERCA DE LA CORRUPCIÓN 2. Gobiernos deformando la historia. La cuestión del Padre de la Patria.

 Al escuchar y leer su versión relativa a la importancia de los dos grandes tumores que han lacrado el desarrollo de nuestro país, hemos caído en la cuenta, Licenciado, de la existencia de otro gran campo en el que la corrupción y la impunidad también hincan su mala fe y que, es más, marcha de la mano con ellos.

Ese otro campo surge al reparar en que la corrupción no sólo se manifiesta en el campo de las finanzas, escamoteando, como ahora nos enteramos, montones de dinero cuyo volumen sólo podemos imaginar si lo comparamos con el producto interno bruto, ya de por sí menguado, de que han dispuesto los sucesivos gobiernos de nuestro país, para impulsar las fuerzas productivas. La merma del producto interno ha distorsionado la imposición del propio sistema capitalista, al cual ya de por sí le es inherente generar la desigualdad, afianzando, por el contrario, el capitalismo minusválido al que nos referimos en la carta anterior. Y esto es así porque ningún régimen puede consolidarse si no se extiende al todo de las relaciones sociales de una comunidad.

No. La corrupción, por más que haya lesionado la marcha de nuestro país haciendo imperativo terminar con ella, como lo está Usted procurando llevar a cabo, no se constriñe al ámbito financiero, sino que, con diferencia de intensidad se expande al conjunto de la sociedad, sin perder de vista su tabla de prioridades. Y por lo que podemos observar, Sr. Presidente, un personaje que ha atraído el afán corruptor en nuestro país, es, ni más ni menos, Sr. Presidente, que el ¡¡Padre de la Patria!! Sí, el Padre de la Patria. Y tenemos especial interés en comentarlo con Usted precisamente en estos momentos, por la relevancia que a nivel histórico tiene el cura Miguel Hidalgo y Costilla, máxime si tenemos en cuenta la nueva versión que está Usted llevando a cabo acerca de la evolución de nuestra historia, en la que Miguel Hidalgo aparece como como promotor de la 1ª Transformación, también llamada por nosotros, 1ª Zancada.

Así, pues, Sr. Presidente, ¿de qué medios se ha valido el intento de corromper la personalidad del Padre de la Patria, para que llegue al gran público deformado y sea más asequible al escarnio, a la mofa? Bien, son diversos los medios los recursos, las acciones que emplean los detractores, los ofensores, los corruptos murmuradores. Todos ellos tienen en común un propósito: disminuir, rebajar, tergiversar, corromper su personalidad, restándole méritos o adjudicándole cualidades mal vistas socialmente, pretendiendo, con ello, alcanzar fines torcidos mil. Fines que pueden sintetizarse en uno: demeritar la personalidad de Hidalgo, desprestigiarlo, para poner en entredicho su cualidad de gran dirigente ilustrado que le imprimió un sentido trascendente al descontento que existía respecto de la dominación de España.

Ahora bien, ¿cuáles son las acciones o rasgos más notables de Hidalgo que de manera premeditada han hecho a un lado escondiéndolos, omitiéndolos, buscando con ello disminuir el impacto social y político de su personalidad e imagen? Porque Hidalgo fue mucho más que el sobresaliente “cura de la Parroquia de Dolores”, mucho más que el cura que, de pronto, casi como mera ocurrencia, nos dicen, salió de su parroquia para arengar a los feligreses a levantarse en contra del Rey de España recomendándoles coger su machete y su azadón, porque la pelea iba a estar muy fuerte. Nada más.

Dejar de lado su actividad como estudiante, como maestro, pensador y orientador es la primera de las omisiones que siguen dejando de lado para disminuir su más cabal imagen: la de un cura que además de ser filósofo y teólogo ilustrado hizo notoria su preocupación en trascender su circunstancia, intelectual y políticamente.

En efecto, Sr. Presidente, Miguel Hidalgo, quien nació en 1753, ingresó a la Escuela de Artes en donde en 1770, a la edad de 17 años, obtuvo el título de Bachiller en Artes. Estos estudios le permitieron inscribirse en los cursos de Teología que llevó en el Colegio de San Nicolás Obispo, graduándose en 1773, o sea, a la edad de 20 años, en la Real y Pontificia Universidad de México. En tanto  se desempeñaba como estudiante, fue nombrado Presidente de la Academia en filosofía y teología, cargo que desempeñó rigurosamente y en el curso del cual estudió el latín y el francés, así como el idioma náhuatl, el otomí y el purépecha., lo que posteriormente le permitió interiorizarse con diversas comunidades indígenas. En 1784 aprovechó una convocatoria abierta a todo aquél que quisiera participar en un concurso que contaría con un premio al mejor trabajo que se presentara, eso sí, en latín y en castellano, abordando un tema cuyo sólo título suscita aprensión: Disertación sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica”. Fíjese Sr. Presidente: ¡qué tema! ¡Espinoso por donde quiera que se lo mire! Pues bien: ¡Hidalgo se inscribió!   

¿”Disertar sobre el verdadero método”? Es un tema que de ninguna manera puede abordarse sin tener un conocimiento muy sólido y fundado respecto de la Teología con todos los intríngulis que ella supone; en segundo lugar, sobre la Escolástica, en tercero sobre lo que implicaba, por sí sola, la palabra método, en el siglo XVIII y, en cuarto, vertebral y concluyente, sobre el “verdadero” ensamble de los cuatro componentes. O sea, Sr. Presidente, un real y espinoso problema que con seguridad haría vacilar a más de un estudiante y maestro de filosofía y teología. Pero, que es más, solamente podía abordarse no como mero problema de conocimiento estudiantil, sino que implicaba, de entrada, varias cuestiones. Sea la primera, la de reconocer que la Iglesia Católica se encontraba en serios problemas para asentarse en la conciencia de la sociedad y que ese conflicto procedía de la dificultad de explicar el tipo de Dios que reconocía la Iglesia Católica, básicamente por la doble entidad, de dios y de hombre, que entraña.

En efecto, la Iglesia católica no podía eludir, sino al contrario, poner en relieve esa doble entidad, que precisaba mucho de creencia, de fe, sin dejar de lado la racionalidad de la concepción. ¿Cómo conciliar la divinidad de la entidad con la materialidad de su actuación, aquí, en la Tierra, donde llevó a cabo multitud de acciones de cuidado, de consejo, de cura, de bondad, pero que, en todos los casos, eran acciones materiales? Ahora bien, la concepción racional, a su vez, no podía omitir tomar en cuenta las enseñanzas del filósofo que en el pasado se interiorizó más en la estructura del saber, en la estructura del conocimiento, esto es, de la lógica como disciplina ocupada en el conocimiento. Y Aristóteles fue, no sólo un filósofo más, sino que en los siglos posteriores al esplendor ateniense, fue EL filósofo, sin más. El filósofo de lo perdurable, de lo secular, y que por tal carácter era el filósofo o la filosofía que precisaba la iglesia católica y todas las iglesias, probablemente, en tanto preconizan lo perdurable, lo permanente, y por tanto, lo verdadero. De ahí el muy largo lapso de predominio del aristotelismo en Europa. Pero, una cosa es tener un marco teórico de solvencia secular y, otra, vertebrarlo con la realidad inconsútil que preconiza la iglesia católica.

Este problema, central, de la iglesia católica, le llevó siglos solventarlo para crear una explicación que cumpliera con las dos premisas centrales: explicar cómo es posible integrar la materialidad humana con la espiritualidad divina fue el primero de los grandes temas de cuya solución se ocuparon eminentes filósofos de la talla de San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino. Estos, y muchos más le dieron cuerpo a la Teología como disciplina ocupada del conocimiento del ser de Dios, ¡Vaya tema! ¡el conocimiento del ser de Dios! y a la escolástica como corriente de pensamiento que privó a lo largo de toda la Edad Media. La escolástica como aseveración de lo perene. Pero, también, como estudio y conocimiento de la realidad tangible, de lo imperecedero. ¿Así es que había que conocer el ser de Dios, esto es, de lo imperecedero, de lo perene, de lo eterno? ¿Nada más ni nada menos que saber en qué consiste ese Dios, mitad espíritu y mitad hombre humano? ¿Y eterno por si los dos atributos primeros no bastaran? ¿Y tener como referente a San Agustín y a Santo Tomás, dos filósofos teólogos de los más densos que hay en la filosofía? Pues bien, ¡ el Hidalgo de 30 años se inscribió al concurso……!y lo ganó! ¡Vaya que tenía arrestos intelectuales! Y tan los tenía que no sólo ganó el concurso convocado, sino que propuso como “verdadero método de estudiar Teología.” es juntar la forma escolástica con la segunda forma en uso de enseñarla, conocida como “Positiva”, como Enseñanza Positiva de la Escolástica. Así, pues, ¿en qué consistía la forma escolástica de concebir y enseñar a Dios? Pues está dicho en una definición incluida en su Disertación y que no debe pasarse por alto:

“Es la teología una ciencia que nos muestra lo que es Dios en sí, explicando su naturaleza y sus atributos y lo que es en cuanto a nosotros.” 

“Ciencia que nos muestra lo que es Dios en sí….” Así es que el joven profesor de teología tenía que dar respuesta a la pregunta de “qué es Dios en sí…” si es que pretendía concursar dignamente. Y, ¿qué significa Dios ¡”en sí”!; pues lo contrario de ¡”en mí”! Esto es, la aplicación del supuesto epistemológico de que el “verdadero” conocimiento es el que ve las cosas como son les cosas, en sí mismas, al margen de lo que el sujeto cognoscente supone que son o pone de su coleto, de manera consciente o inconsciente, violentando lo que la realidad es sin añadidos de ninguna índole. Ese “en sí”, tiene sus dificultades dar con él quitándole al objeto de conocimiento todo lo que nuestra imaginación le ha puesto, y que concluye por esgrimir un conocimiento que ya no es del objeto en sí, sino del objeto en mí. Ahora bien, definir qué es, en qué consiste en sí……bueno, pues, Sr. Presidente, lo que puedo decirle es que Hidalgo respondió y ganó, incorporando lo que es Dios según nosotros, lo cual está más sencillo de responder y como ciencia respaldada en los libros sagrados, en las homilías, en los Concilios y en las doctrinas de los Santos Padres.        

“Lo que es en sí y en cuanto a nosotros”

Ahí está la respuesta a la teología escolástica entendida como ciencia extrayendo al objeto estudiado de todas sus referencias exógenas, para estudiarlo “en sí” mismo, sin referencia a nada exógeno a él.

Pero no paró Hidalgo en formular esta primera parte de su proposición referente a ”Cómo debe estudiarse la Teología Escolástica”, sino que hizo ver que para ser más consistente la Teología Escolástica debía hermanarse con otras ciencias que le son indispensables a riesgo de que el “en sí” que busca, quede recluido en el campo de la abstracción? ¿Y cuáles son esas otras ciencias sobre las cuales debe apoyarse la Teología Escolástica cuya búsqueda vertebral es la “del ser de Dios en sí”? Pues son las que ubican a Dios, en tanto hombre, en un momento y espacio o sitio cronológico específico. Son muy claras. En palabras del teólogo Hidalgo, ganador del concurso convocado, son cuatro, a saber:

“….y de todas las otras ciencias que se requieren para su perfecta inteligencia, como son: la Historia, la Cronología, la Geografía y la Crítica”.

            O sea, que lejos de separarlas más, lejos de distanciar y diferenciar el campo de una y otra, lejos de basar la fe en una Teología Escolástica y en otra Positiva, el “verdadero método de estudiar la Teología Escolástica es unificarla con la Positiva. Y, así, tener una sola Teología, una más multideterminada, o sea, más concreta, en términos de Hegel y Marx. Hidalgo, para corregir la separación del conocimiento teológico, propone una salida dialéctica de él. El teólogo metafísico ve la luz al fondo del túnel, y esa luz lo lleva a acercarse a la concepción dialéctica del conocimiento, de un conocimiento enriquecido con el aporte de otras ciencias. Un año después de haber ganado el concurso fue suficiente para ser nombrado Rector del Colegio de San Nicolás Obispo.

            Pero no todo fue miel sobre hojuelas para el espíritu progresista de Hidalgo, ya que en dos oportunidades fue consignado por el Tribunal de la Inquisición por rebasar los límites de la concepción teológica. ¿Resultado? En dos oportunidades Hidalgo fue recluido en la cárcel.

            Así es que, Sr. Presidente, el cura que llegó a la Parroquia de Dolores, era más que un simple cura. Era un intelectual reconocido, lector de los textos de la modernidad, conocedor de varios idiomas, teólogo consumado, políticamente progresista y defensor del régimen republicano. O sea, todo lo necesario para fungir como dirigente de un cambio social. Así se explica que a su llamado acudieran las personas y funcionarios, además del pueblo, ¿para qué? ¿Para rebelarse solamente y seguir con más de lo mismo?

No. Hidalgo se había preparado, con mayor o menor claridad para sentar las bases de un régimen más democrático: el republicano. Y para allá fue. Y para allá guió a sus seguidores. Y para allá vamos nosotros.

            ¿Por qué, pues, Sr. Presidente, corromper la personalidad de Hidalgo al omitir, conscientemente, su proyección en el campo del pensamiento abstracto, tornándolo más concreto? ¿A quién le beneficia quedarnos con un Hidalgo reducido a su dimensión de “sacerdote de la parroquia de Dolores”, por más que también sea relevante la acción que llevó a cabo en esta parroquia, enseñando a cultivar la tierra y el gusano de seda, y a trabajar la cerámica? Y, por supuesto, a extender sus enseñanzas mediante la traducción y lectura comentada de textos de los autores que en otras partes del mundo estaban ya cambiando sus regímenes de gobierno por otros más democráticos. Únicamente adentrándonos en estos amplísimos temas podremos explicar y valorar más cabalmente, cómo y por qué esos militares y funcionarios, declararon Generalísimo al Cura de la Parroquia de Dolores, Sr. Presidente.

Ellos sabían que no dependerían de las recomendaciones de un cura tal cual, sino de un cura que era también pensador de avanzada y revolucionario en ciernes, al que nosotros debemos reivindicar como el intelectual ilustrado que fungió como

PADRE DE LA PATRIA

Podríamos empezar una labor reivindicatoria solicitándole a quien esté a cargo de elaborar el Libro de texto gratuito que convoque a los especialistas que han dado la pauta para determinar el contenido de dichos libros, que completen la personalidad de Hidalgo rescatando las muy significativas actividades que llevó a cabo, además de ser el Cura de la Parroquia de Dolores. ¿No cree usted, Señor Presidente, que vale la pena reunir esta tarea con las que ya está Usted llevando a cabo para extirpar la corrupción de nuestro país?

Atentamente

La arquitectura ante la 4T

Ramón Vargas Salguero, J. Víctor Arias Montes, Rubén Cantú Chapa, Gerardo G. Sánchez Ruiz

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