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Recuerdo de Carlos Pellicer

Ramón Vargas Salguero

Fue en el año de 1949 que mis padres me dieron de baja en el Colegio México. ¿La razón? Corría el rumor de que en la Preparatoria Nacional no inscribían a los procedentes de escuelas particulares. El rumor resultó no pasar de ahí, de un mero rumor, como suelen serlo la mayoría, pero el cambio ya estaba consumado. Y heme ahí, engrosando las listas de los alumnos de 3er. Año de la Secundaria #4, que se encontraba, y se encuentra todavía, en las calles de San Cosme y Naranjo, allá por la Colonia Santa María.

El cambio de escuela lo abarcaba todo: nuevo edificio, nuevas materias, nuevos salones, nuevos patios, nuevos rumbos y, sobre todo, nuevos profesores. ¡Ah, sí, nuevos profesores!, dentro de los cuales se tenía bastante presente en los corrillos que pululaban en los interminables pasillos, los comentarios acerca de un profesor, cuyo nombre ni siquiera lo sabían todos, lo que no obstaba para que repitieran una y otra vez: “Eso sí, vas a ver al profesor de literatura”. -“Bueno, ¿y qué voy a ver? “. -“Tú espérate, ya vas a ver”.

Y sí, no tardé mucho para ver y algo que se les había pasado decir a los compañeros de clase y que con el paso del tiempo fui viendo y es que tan importante como verlo, era escucharlo. Porque sí, a Pellicer no solamente había que verlo, sino que era indispensable escuchar esa voz de barítono perfectamente modulada que tenía, a punto tal que daba gusto escucharlo declamar su poesía, así fuera bastante poco lo que captábamos los muchachos ignorantes que lo teníamos como maestro y, es más, lo que aprendíamos de literatura universal quienes frisábamos los quince a diez y seis años.

Pero las sorpresas y la rotura de protocolos, apenas comenzaban al contemplarlo recorrer el pasillo que daba al salón de clase. Lo que veíamos era un señor de mediana estatura que no sólo caminaba con parsimonia, sino que su andar era un andar contoneándose, adelantando calmadamente una pierna después de la otra. Era el andar usual de los toreros cuando abren plaza y que le hubieran envidiado Silverio y Procuna. Era un andar que por inusual obligaba a detener la mirada en su atuendo, que mientras más se acercaba era, obligadamente, más notorio: sombrero de hongo corbata de moño, chaleco con botonadura enfrente, saco recto. Un señor, hasta con elegancia, muy bien vestido. ¿Sombrero de hongo y chaleco con corbata de moño? ¿Quién vestía así?

Ya al momento de entrar a clase, sin poderlo precisar como ahora que estoy procurando rememorarlo, la impresión era definitiva. Todavía no nos saludaba, ni puntualizaba en que consistirían las clases, todavía no pasaba lista, en suma, todavía no iniciaba las clases y ya el silencio y la compostura de todos nosotros manifestaban que captábamos estar ante un maestro non. ¿En qué consistía su prestancia? No lo sabíamos y tal vez aún hoy mismo es difícil ponerla en palabras, pero algo tenía.

Pero las sorpresas apenas comenzaban. Todavía faltaban unas clases más para que ya entrados en gastos, Pellicer hiciera gala de su total y definitiva peculiaridad. ¿Qué tuvo logar primero: el empleo de palabras y frases altisonantes o ¿cómo llamarlo? ¿Ausencia de pudor, frescura o desplante personal del que hacía gala cuando a veces empezaba la clase quitándose el sombrero, para seguir con el saco, el chaleco y la camisa para quedar solamente con los pantalones? ¿En una escuela pública? No sé cuál sea el calificativo más adecuado: ¿El señor de las sorpresas? Porque otra sorpresa tuvo lugar cuando por primera vez reprimió la desatención de uno de los alumnos, cuando él estaba declamando de memoria un párrafo de Cervantes o de Alarcón. Esa desatención fue reprendida con un sonoro grito de ¡“hijo e pucta!” y con el impacto de un borradorsazo lanzado al alumno irrespetuoso. ¡”Hijo e pucta”! de un profesor a un alumno, proferido a gritos en el curso de la clase llena de alumnos? ¿En el curso de una clase? Y luego: ¿el borrador lanzado como proyectil? Y todo esto acompañado con una explicación con visos de encontrar apoyo en fuentes lingüísticas sin dejar de lado el capricho personal. Sí, dijo, una vez que le regresaron el borrador y que todo entró de nuevo a la normalidad: “No hay que decir hijo de puta. Eso suena muy mal. No es puta sino pucta”, “maritornes” les llaman en El Quijote. Pero, ciertamente no paraban ahí las sorpresas. Entre otras minucias, faltan varias, de magnitud difícil de establecer, pero que añaden facetas a una personalidad que desbordaba singularidad e impacto en la consciencia individual.

No hay que pasar por alto que a la entrada de la Secundaria se encontraba el Mercado de San Cosme y junto a él las señoras que vendían quesadillas y Pellicer, ni tardo ni perezoso se paraba en la banqueta a deglutir sus quesadillas de las 2 de la tarde, con todo y sombrero de hongo y chaleco de botones. Una vez nos invitó a un compañero y a mí que nos detuvimos a despedirnos de él, a que fuéramos a su casa a comer y nos lo dijo de manera tan insistente que empezábamos a cruzar miradas anuentes él y yo, pero desistimos sin titubeos cuando nos dijo: “Si, vengan a mi casa, tengo furgones de mierda para todos ustedes”.

En otra oportunidad le dijo a todo el grupo que el día de la siguiente clase lo íbamos a aprovechar para subir al Tepozteco, todo el grupo; que había que ir preparados porque era una zona en que llovía mucho y que podríamos empaparnos. Que lo mejor era encuerarnos todos a empaparnos. Bueno, sacamos la autorización de nuestros padres para ir a la excursión. Pero vino el día siguiente y Pellicer no se presentó a la Escuela y nos dejó plantados, ahí, frente al mercado. ¿Consecuencia? Nos negamos a entrar a la clase siguiente. Yo creo que fuimos los primeros alumnos que le hicieron una huelga al ínclito poeta.

Sí, al ínclito poeta. Aunque de esto vine a ir cayendo en la cuenta al paso de los años. Porque pasaron varios años para que de nuevo tuviera contacto personal o por referencias, con el Maestro.

El primero y definitivo para mí, tuvo lugar al inscribirme a la clase de literatura en la Facultad de Filosofía. Ahí, supe que mi profesor de la Secundaria era un poeta eminente, lo que me llevó a leer algo de su poesía y a enamorarme de ella. El inicio de su Discurso por las Flores: “Entre todas las flores Señoras y Señores es el lirio morado la que más me alucina”, es puramente poética e individual, así como lo son cuartetos: “A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido/ viven de sangre y flor su recuerdo y su olvido/ Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda en su nicho de agua pura y redonda.

Aquí aconteció mi reencuentro con Pellicer y mi reconocimiento de su multidimensión, más que solamente poética, humana. Acompañado de esta convicción de la sonoridad de sus versos, empecé a leerlo con más frecuencia, repitiendo en voz alta verso tras verso, los que siempre suscitan imágenes asociadas o provocadas por sus palabras, por sus imágenes.

Los siguientes encuentros fueron motivados por la serie de programas que de la historia de la música y de la arquitectura mexicana estaba yo produciendo para Radio Universidad. Esta colaboración llevó a decidir sin tropiezos que bien podía ser yo quien fuera a cubrir el homenaje que en Guadalajara se le iba a brindar a Silvestre Revueltas, a los veinte años de su fallecimiento. Habiendo aceptado con gusto y cargando una grabadora Phillips me subí al tren con gusto. El traslado se llevaría a cabo de noche y arribaríamos a Guadalajara de madrugada para participar, guardando todas las distancias, en una memorable conmemoración aderezada con el concierto que desarrollaría la Sinfónica Nacional bajo la dirección de José Ives Limantour tocando, en primera audición, una pieza del propio Revueltas titulada “Música para unos sonetos de Carlos Pellicer”, que el mismo Limantour había encontrado en el archivo de Revueltas bajo los cuidados de Rosaura. ¿Y, quién declamaría los sonetos elegidos por Revueltas? ¡Pues, claro, el propio Pellicer! Quien, por cierto, iba al lado del pasillo del ferrocarril, encaminándose también a Guadalajara, al homenaje, donde sería la figura central. Verlo y animarme a saludarlo, fue todo uno, y así lo hice: “Maestro —le dije— usted no se acuerda de mí, pero yo fui su alumno en la Secundaria 4.” Se me quedó mirando y sin más reparo, desde su asiento me contestó: “¡Cuántas mentadas de madre habrá usted recibido!”. —Pues sí, Maestro. . . unas cuantas.— “Pero es que no se podía otra cosa, añadió, eran ustedes una punta de cabrones”. Para acto seguido comentarnos las vicisitudes de su estancia en España apoyando rifle en mano a las Brigadas Republicanas, junto con Revueltas. Y las, también, redobladas vicisitudes para “regresar a México en un buque de tercera mano”, sin tener noticia que el libro que le había solicitado Revueltas para entretener su regreso, lo había inspirado a componer una música, como la de él, la de La Noche de los Mayas.

El Homenaje terminó, no con los aplausos de los célebres auditores, felicitándose unos a otros y prometiéndose que se buscarían próximamente para llevar a cabo un sinnúmero de proyectos. No, terminó con un Pellicer trepado en un banco hasta el fondo de las bambalinas y llorando a moco tendido mientras repetía: “Yo no sabía que mi folleto Hora de junio había inspirado a Silvestre a punto de componer una pieza.” Y esto lo repetía llorando como niño chiquito, mientras yo palmeándole la espalda le decía: “Cálmese Maestro y vaya Usted allá dentro, que lo están buscando”. Pero él lloraba. . . hasta que. . . Fue mi último contacto con el gran poeta, con el gran ser humano, con quien abrazaba todos los movimientos a favor de la gente pobre.

Ramón Vargas Salguero, alumno que fue de la Secundaria #4

“Era mi corazón piedra de río /

que sin saber por qué daba remanso /

era el niño del agua, era el descanso

de hojas y nubes y brillante frío

Alguien algo movió y se alzó el río

¡ lástima de aquél hondo siempre manso ¡ /

Y la piedra lavada y el remanso

liáronse en sombras de esplendor sombrío

Para mirar el cielo, que trabajos

ruedan los ojos turbios siempre bajos

¿Serán estrellas o huellas de estrellas?

Era mi corazón piedra de río, una piedra de río

Una de aquellas cosas de un imposible tuyo y mío.”

Carlos Pellicer Cámara

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