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Identidad y nación, objetivo de escritores en el siglo XIX.

Gerardo G. Sánchez Ruiz

La lucha por la independencia, representó la lucha por el poder entre una aristocracia nativa “descendientes de los colonos españoles” quienes heredaron privilegios significados en tierras y fincas, desde donde ejercían un cierto poder económico y político. Eran necesarios acuerdos para dar dirección a proyectos de conjunto y promover un nuevo estatus social, pero para su logro, se requería labrar sentimientos de apego entre quienes habitaban el nuevo territorio llamado México, es en ese sentido que actuaron algunos escritores de la época. Los criollos estaban “en situación de inferioridad frente a los peninsulares” y por ende del disfrute de beneficios más amplios” (Paz, 1950). Al respecto Paz apunta:

La metrópoli, empeñada en una política proteccionista, por una parte, impedía el libre comercio de las colonias y obstruía su desarrollo económico y social por medio de trabas administrativas y políticas; por la otra cerraba el paso a los «criollos» que con toda justicia deseaban ingresar a los altos empleos y a la dirección del Estado.[1]

[1] Octavio Paz. El laberinto de la soledad en Obras escogidas, Tomo 8, 1950, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, p. 126.

La independencia pretendió liberar a “«criollos» de la momificada burocracia peninsular”, había necesidad de manejar el territorio sin la tutela española, como una premisa para generar nuevas condiciones en la distribución de la riqueza, a la vez de poder comerciar sin trabas, por supuesto “no se proponía cambiar la estructura social de las colonias” ―lo cual no les quitó el papel de revolucionarios―;[2] de manera que con la firmar del Acta de la Independencia, se perfilaron nuevas contradicciones para la otrora Nueva España, ante el empeño de los distintos grupos de criollos por hacer valer sus proyectos.

[2] Idem.

Entre esos grupos subsistían ideas de cómo encaminar al territorio independizado y disfrutar de los beneficios, no obstante, los deseos de ejercer el poder por parte de los independentistas dadas sus pertenencias conservadora o liberal, dieron paso a un cúmulo enfrentamientos armados y políticos, y con ello a décadas de inestabilidad. Esos desacuerdos abonaron para que en 1836, Texas declarara su independencia; una década después se consumara la invasión norteamericana con la pérdida de más de la mitad del territorio ―ese que se había heredado de los españoles― al firmarse los Tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848 y; que se sucediera la intervención francesa (1962-1867) con la instauración del Segundo Imperio encabezado por Maximiliano (1864-1867).

México y los nuevos territorios de los norteamericanos, 1849. Library of Congress.[3]

[3] Tanner, H. S. (1846) A map of the United States of Mexico: as organized and defined by the several acts of the Congress of that Republic. Philadelphia: Published by H.S. Tanner. [Map] Retrieved from the Library of Congress, https://www.loc.gov/item/2012593321/

Para concretar una nueva condición en el mutilado territorio había que insistir en aspectos ideológicos que tendieran a la construcción de una identidad a la vez de situaciones de progreso; sin embargo, afianzar una determinada identidad no era una cuestión sencilla, si se considera que entre grupos dominantes, las ideas de progreso se ligaban preponderantemente a lo acontecido en Norteamérica y Europa, fluctuaban entre ser distintos o parecidos a otros países o sujetos, cuestión que en los mismos enfrentamientos entre liberales y conservadores se había estado dirimiendo, por eso los imperios y la lucha por una república al consumarse la independencia.

Se requerían nuevas ideas entre la población y en especial entre los sectores más activos, crear condiciones subjetivas que coadyuvaran a desarrollar al país y encaminarlo hacia el progreso. Había que labrar sentimientos de apego al territorio independizado, generar lazos que forjaran un cierto orgullo e identidad con éste, impulsar formas de pensar y de actuar comunes, por lo que era necesario actuar en las ideologías, situación que ya se gestaba antes de lograrse la independencia.

Era necesario comunicar, resaltar aspiraciones, señalar avances o retrocesos, impulsar transformaciones, etcétera; en ese sentido, conviene resaltar parte de esas búsquedas en la literatura. Por supuesto, un aspecto que no puede soslayar, fue la convocatoria de Antonio López de Santa Anna (1794-1876), para crear un himno para la nación y un Monumento a la Independencia a localizarse en la plaza mayor posterior al derribe del mercado del Parián; el Himno Nacional ―con loas a López de Santa Anna― y autoría de Francisco González Bocanegra (1824–1861) fue interpretado en septiembre de 1854 en el Teatro Nacional, sin embargo, el monumento a la independencia con proyecto de Lorenzo de la Hidalga sólo se construyó el zócalo, el cual posteriormente desapareció.

En ese camino, también destaca lo realizado por escritores y poetas como José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), Manuel Payno (1810-1894), José María Lafragua (1813-1875), Guillermo Prieto (1818-1897), Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893) o Emilio Rabasa (1856-1930), quienes dada la época, al igual podían ser periodistas, militares o funcionarios ―las convulsiones exigían en varios campos―,  ellos y otros en sus escritos, criticaron contextos sociales, ensalzaron particularidades del nuevo territorio, recogieron historia y costumbres, externaron aspiraciones, etcétera, contribuyendo así en el mundo de las ideas, y por supuesto, en la construcción de la nueva nación.

De los mencionados, conviene releer algunas líneas donde se observa parte de ese esfuerzo. Fernández de Lizardi antes de iniciarse la gesta por la independencia, criticaba, proponía y actuaba; instaba a superar condiciones vividas en el virreinato las que a todas luces impedían progresar. Luis González Obregón (1888) al respecto, dice:

Apóstol de nuevas ideas en una sociedad en que predominaban el fanatismo y la ignorancia; censor constante de costumbres profundamente arraigadas durante una existencia secular; partidario acérrimo de la Independencia de su patria; propagador incansable de la instrucción popular, por medio de escritos y de proyectos; iniciador de la Reforma en una época en que el clero gozaba de todas sus riquezas, de todos sus fueros y de todo su poder, y autor de libros que abrieron una nueva senda para formar una literatura nacional: este fué D. José Joaquín Fernández de Lizardi, más popularmente conocido por el seudónimo de El Pensador Mexicano (González, 1888:IX).[4]

[4] Luis González Obregón, Don José Joaquín Fernández de Lizardi, México, Oficina tip. de la Secretaría de Fomento,1888, p. IX,  Disponible en http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080012675/1080012675.PDF

En afecto, Fernández de Lizardi criticó la tutela española, abrazó la insurrección junto con otros criollos, resaltó situaciones sociales y trabajó en pos de la nación, de tal manera que el mismo González decía del Periquillo sarniento (1816) ´”á pesar de todos sus defectos literarios, y aunque les pese á los puristas intransigentes, es un libro de mérito indisputable, el primer libro verdaderamente mexicano”. Apasionado en su actuar ante viejas y nuevas condiciones, Fernández de Lizardi en su testamento, así resume su vida: “Encargo a mis amigos que sobre la blanda tierra de mi sepulcro, o más bien en sus corazones, graben el siguiente sencillo epitafio: Aquí yacen las cenizas de El pensador Mexicano, quien hizo lo que pudo por su patria”.[5]

[5] José Joaquín, Fernández de Lizardi, Testamento y despedida de El Pensador Mexicano en María Rosa Palazón Mayoral, José Joaquín Fernández de Lizardi, El Pensador Mexicano. México: Instituto de Investigaciones Filológicas. 2014. Disponible en https://www.iifilologicas.unam.mx/obralizardi/index.php?page=testamento-y-despedida-de-el-pensador-mexicano.

Otro inquieto fue Payno, en Los Bandidos de Río Frío (1889-1891), describe los sinsabores de la sociedad en la época independiente, entre otras las orientaciones de las clases sociales, el bandidaje dentro de los nuevos gobiernos, y cotidianidades en la ciudad de México. Resaltó particularidades de la manera en que las ideologías se van conformando a través de los conflictos o roses sociales de fines del siglo XIX, de lo cual da cuenta el siguiente pasaje de aquella obra:

¡Dónde está el bastón?

-Aquí- dijo el jefe de la policía tomándolo de un rincón y presentándolo al gobernador.

-¿Reconoce usted este bastón, señor don Carloto?

-Es el mío señor gobernador -contestó con una voz un poco gruesa y afectada don Carloto.

-¿Reconoce usted que está casi destrozado?

-Sí señor gobernador. Basta ha confesado usted delante de todas las personas lo que yo quería.

¿Con qué autoridad ha roto usted este bastón en las costillas y en la cabeza de este hombre?

Me quería matar…

No dice usted la verdad. Él ha levantado las piedras después que usted sí lo pudo haber matado. Va usted esas señales. ¿Y si lo ha dejado usted tuerto? -continuó el gobernador.

Es que estas gentes insolentes no ven que nosotros…

-Es que -le interrumpió el gobernador- ustedes, porque tienen levita y frac, porque se figuran nobles del tiempo de los virreyes y tienen un carruaje que acaso lo deben a los carroceros, se figuran que pueden hacerse justicia por su mano, y esto no ha de ser mientras yo sea gobernador, señor don Carloto; a todos los he de tratar iguales, como dice la ley. Alguna vez ha de ser cierta la verdadera libertad. [6]

[6] Manuel Payno, Los Bandidos de Río Frío en El Libro Total – La Biblioteca digital de América, s.f, pp. 110-112. Disponible en https://www.ellibrototal.com/ltotal/ficha.jsp?idLibro=7626.

Esas ideas entre muchas otras, mostrarán las miradas respecto a las situaciones existentes en el país, a la vez de deslizar perspectivas que van haciendo tradición. Ese primer siglo de posterior a la obtención de la independencia, puede cerrarse con trabajos de Ramón López Velarde: Novedad de la Patria (ca. 1920)  y Suave Patria (1921) donde Velarde plasma su idea de nación ante lo vivido en el porfirismo y en los inicios la época marcada por la Revolución, al escribir:

El descanso material del país, en treinta años de paz, coadyuvó a la idea de una patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado. Han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa […].

Correlativamente, nuestro concepto de la patria es hoy hacia adentro. Las rectificaciones de la experiencia, contrayendo a la justa medida la fama de nuestras glorias sobre españoles, yanquis y franceses, y la celebridad de nuestro republicanismo, nos han revelado una patria, no histórica ni política, sino íntima […].

Un gran artista o un gran pensador podrían dar la fórmula de esta nueva patria. Lo innominado de su ser no nos ha impedido cultivarla en versos, cuadros y música. La boga de lo colonial, hasta en los edificios de los señores comerciantes, indica el regreso a la nacionalidad.

De ella habíamos salido por inconsciencia, en viajes periféricos sin otro sentido, casi, que el del dinero. A la nacionalidad volvemos por amor… y pobreza.

Hijos pródigos de una patria que ni siquiera sabemos definir, empezamos a observarla. Castellana y morisca, rayada de azteca, una vez que rascamos de su cuerpo las pinturas de olla de silicato, ofrece -digámoslo con una de esas locuciones pícaras de la vida airada- el café con leche de su piel […].[7]

[7] Ramón López Velarde, Novedad de la Patria y Otras Prosas, México, Asociación Nacional de Libreros A.C., 1987, pp. 7-8.

Las ideas de Novedad de la Patria, López Velarde las plasmó en su versión poética como La suave patria, en la cual se puede leer:

Patria: tu superficie es el maíz,

tus minas el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros del petróleo el diablo.

Sobre tu Capital, cada hora vuela

ojerosa y pintada, en carretela;

y en tu provincia, del reloj en vela

que rondan los palomos colipavos,

las campanadas caen como centavos.

Patria: tu mutilado territorio

se viste de percal y de abalorio.

Suave Patria: tu casa todavía

es tan grande, que el tren va por la vía

como aguinaldo de juguetería.

Y en el barullo de las estaciones,

con tu mirada de mestiza, pones

la inmensidad sobre los corazones.[8]

[8] Ramón López Velarde, La Suave Patria en Vicente Quirarte, La patria con cuerpo de mujer, Coahuila, Secretaría de Cultura de Coahuila, 202, Disponible en https://coahuilacultura.gob.mx/wp-content/uploads/2021/06/Plaquette-La-Suave-Patria_La-patria-con-cuerpo-de-mujer.pdf

Esos y otros escritores, denominados románticos, costumbristas, realistas o naturalistas, desde panfletos, folletines, libros, revistas y periódicos, abonaron al fortalecimiento de una identidad, una nación, y por supuesto, a situaciones de progreso en ese primer siglo de obtenida la independencia; de igual modo, en esa situación de rompimientos y continuidades, contribuyeron a la formación del México moderno del siglo XX.


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