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No estoy solo

M. Alejandro Gaytán C.

Esta noche sí dormí muy bien; me acosté a las diez y creo que ya son más de las siete de la mañana. En todo este tiempo ninguna de esas cosas se me acercó. ¿A qué horas se asomarán?

Desde la primera vez, cuando se me aparecieron hace ya mucho, no lograba conciliar el sueño por horas y horas. ¡Hoy por fin lo he conseguido! ¡Es que son horribles!

Llegan en espantoso tumulto, sus alaridos rasgan mis oídos hasta que me provocan un intenso dolor en toda la cabeza, desde mis ojos hasta el cerebro y en los oídos mismos. Se mueven tan fuerte, que me tiran de la cama y hacen que todo el cuarto dé vueltas y vueltas. Sacan las cosas de los cajones, abren las ventanas que yo siempre tengo bien cerradas. Vuelan, brincan se arrastran. Me persiguen, ¡Siempre me quieren atrapar!

Pero ¡Hoy por fin dormité!

Toda la vida me he levantado temprano, aún en días como éste, porque los sábados nunca he dado golpe. En estas fechas empiezo muy tarde las tareas que debo realizar.

Claro que si no me levantara a tiempo me sucedería lo mismo que cuando era joven: Mi mamá me despertaría con sus gritos, porque ella quiere que haga “todo bien y a tiempo”, como me ha enseñado desde que nací. Y hoy lo debo hacer así, ya que… ¡Ella está aquí conmigo!

En todos mis recuerdos, Él siempre se aparece golpeándome. Lo hacía por cualquier cosa, no me dejaba ni pensar; al verlo llegar de su trabajo, me entraba tanto miedo que me ponía a temblar y me escondía abajo de la mesa.

Por eso a mi mamá la quiero mucho, ella me ha defendido siempre de él.

Cuando quería pegarme, me abrazaba muy fuerte y empezaba a gritar y gritar hasta que enojado, se iba. En cuanto lo veíamos alejarse, nos poníamos a reír, primero quedito, para terminar, haciéndolo a carcajadas.

Cuando esas cosas vienen, la llamo y me ayuda a rechazarlas. A veces he estado gritando toda la noche, porque no me oye, pero en cuanto llega, me abraza, me cubre con su cuerpo y les dice unos conjuros mágicos que ni yo entiendo, pero con eso los debilita tanto que los dos vemos como se desvanecen.

¡A nosotros al revés, esos embrujos nos hacen fuertes! Chirigotas

Por eso, a su lado siempre me siento con ánimo y puedo soportar todos mis miedos. Lo bueno es que hoy, como estos últimos días y para siempre, ¡Va a estar conmigo todo el tiempo! Ella, sonriendo, me lo acaba de decir.

Este día me gustaría salir a recorrer las calles del barrio, ver los árboles con sus pájaros que cantan a todas horas, los automóviles… Pero no… No lo debo hacer. Todo mundo sabe que las aves, aunque parecen muy inocentes, traen microbios de muchos lados, los transportan en sus alas, picos y patas, en las cacas que echan por todas partes.

Aunque los autos y camiones me gustan, ya son demasiados. Algunos están muy padres, pero todos sueltan substancias que son veneno puro para el hombre, para nuestro planeta.

Además, si salgo a la calle, seguro me voy a encontrar con gentes que, aunque se vean limpias, están sucias y por eso se encuentran llenas de esos gérmenes invisibles que producen tantas enfermedades. Todas se pueden transmitir en un instante, puede ser una simple gripe, o hasta cosas tan tremendas como el ébola, que vi en una película en la tele.

Ese virus contagió a toda la gente; la que estaba en el cine, en la calle; pueblos enteros murieron sin salvación.

Por eso es por lo que nunca salgo de aquí. Vivo sólo en la parte de atrás de la casa y aunque es un lugar muy pequeño, me ha servido muy bien. Y ahora además está aquí mi mamá.

Me gustaba, aunque a veces me daba mucho sueño ir a misa y al rosario; también llegar caminando hasta las que fueron mis escuelas, pues la secundaria está enfrente de la preparatoria, pero no voy porque desde que me empezaron los dolores de cabeza y entraron en mi casa esas cosas, entonces, los quesque estudiantes se burlaban de mí, me lanzaban piedras y basura.

Además, mi mamá me dijo que ellos también están llenos de virus y de suciedad, que por eso mejor no me les acerque.

Es muy raro como todo cambia; me habían enseñado que los rayos de luz eran muy buenos para matar los gérmenes que hay en las casas, que al levantarse uno, había que dejar las ventanas abiertas para que las camas, con la luz solar y el viento, no tuvieran esos venenos, esos bichos que nos comen a toda hora. Pero la otra noche, viendo la televisión, hablaron sobre una enfermedad terrible: el cáncer que provocan esos rayos.

Desde entonces no abro las ventanas, aunque me esté muriendo de calor; aunque cási viva a oscuras. Mejor rocío todo con desinfectante.

En las noches vienen las ratas, son de los animales más malignos que existen en la tierra, lo leí cuando iba a la escuela y también lo han dicho en la televisión.

Hace tiempo uno de esos bichos estuvo royendo el mueble donde guardo mis playeras y ropa interior; lo hizo por horas. Yo hacía ruido y la espantaba; entonces se quedaba quieta. Pero en cuanto dejaba de hacer alboroto, volvían a escucharse sus dientes comiéndose mi ropero.

Por eso, cuando él vino a traernos de comer, le expliqué muy bien lo que pasaba y le pedí una ratonera de esas como jaulas con las que se atrapan vivas; cuando me la trajo, con mucha paciencia le puse su carnada y la estuve cazando, hasta que la atrapé.

No quise matarla porque de esa manera no pagaría todo el mal que hizo. Regó sus venenos microscópicos por toda la casa y desbarató el mueble atrás de la cajonera. Entonces, con unas tijeras grandes que metí entre las rejas, le amputé una pata delantera; chilló y chilló.

Como le salió mucha sangre, entre los barrotes le eché mucho alcohol hasta que le dejo de sangrar. Después hice lo mismo; cada día le corté una pata; la rata chillaba y chillaba. Yo seguía castigándola por lo que le hizo a mi casa; la tuve que desinfectar toda. Lavé tres veces las ropas que estaban en el mueble y ni así me las ponía, sentía como me picaban la piel sus sucias bacterias. La rata se murió, pero ¡Pagó caro su maldad!

Para evitar que volvieran pensé en traer un gato, pero soy alérgico a sus pelos. Además, tendría que lavar sus cochinadas que dejan por todos lados; por eso no quiero ni perros ni gatos.

Otro animal asqueroso es la cucaracha, se han metido a mi casa unas enormes. Antier capturé una y la metí a un frasco y con unas pinzas le fui quitando las patas y antenas, hasta que se quedó inmóvil. Ahora ya nunca las capturo, sólo el piso fuerte, fuerte, para que truenen toditas.

Mi mamá va a estar siempre conmigo, anoche me lo repitió. A él, lo dejé ir, aunque me pegó muchas veces cuando era niño y no me dejaba ni hablar. En un descuido lo agarre por atrás y aunque me costó trabajo, lo tuve aquí amarrado por algún tiempo, pero me convenció que era mejor que lo dejara partir.

Muy despacio iba a hacerle lo mismo que a la rata, una amputación cada semana. Le corté el primer dedo de la mano izquierda y hasta lo llené de alcohol para que no sangrara tanto. Pero cuando iba a mocharle el segundo dedo, creo que ya todos teníamos mucha hambre.

Él me suplicó, me convenció de que lo dejara ir, porque nosotros sabíamos que sólo él nos traería de comer. ¿Quién pagaría la luz, el agua y todas esas cosas que hay que abonar al gobierno? Entonces lo pensamos bien y lo dejamos salir. Ahora se aparece cada semana con la comida, aunque a veces se le olvida y tarda mucho en volver. El día que viene, se lleva la basura y todo lo que huela mal. Yo le digo el nueve uñas. Nomás lo veo llegar y me burlo de él.

El sabe que si dice algo que no deba o si no viene, lo voy a perseguir por todos lados. Porque sé dónde vive y en adonde está su trabajo. Puedo hacer con él dos cosas: De nuevo traerlo aquí, amarrarlo y continuar la tarea que había empezado, hasta dejarlo sin dedos, o entregarlo a los policías y decirles como aquella noche en que ella gritaba tanto, la agarró del cogote hasta que ya no dijo nada. Me dijo que estaba dormida y que la acostaría afuera porque hacía mucho calor.

Después me obligó a ayudarle a poner cemento alrededor de la casa, quesque para no tener insectos y alimañas desconocidas en el jardín, pero que sirvió para enterrar esas cosas que le sacamos a la panza de mi mamá que olían tan mal.

Por eso ella ya no huele a nada, se ha quedado quietecita y se deja muy contenta que la cambie y la peine. Todo el tiempo se la pasa sentada en su sillón; le pongo en las manos su tejido y la veo sonreír. A veces se enoja y me quiere gritar, pero en ese momento corro y me salgo. Así, cuando la dejo de ver, apenas me retiro de la pieza, ya no escucho su griterío.

Ya me siento mucho mejor. Desde que ella está aquí, ya no estoy sólo, no me da tanto miedo la oscuridad; las cosas esas que se me aparecen y persiguen por toda la casa. Ahora tienen más miedo que yo…

Porqué sé muy bien una cosa: Al cuarto donde mi mamá está sentada, nunca entrarán. Comprenden bien: Si invaden su pieza, la magia que ella posee los debilitaría tanto que desaparecerían del planeta.  Ja, ja, ja…Por eso nunca lo harán ja, ja, ja.

Ahora sí, de verdad ¡Ya no estoy solo!

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