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Cien, cien en el pico

M. Alejandro Gaytán C.

A finales del siglo pasado, el Arq. Juan José Díaz Infante me invitó a una reunión que aquí reseño, y tal cual, fue el primer documento que él integró en la memoria del evento. Ya como publicación antigua lo presento.

Hace algún tiempo, un domingo como a las diez de la noche sonó el teléfono de mi casa, mi hija presta contestó, pues es ella ­quién recibe más llamadas, me pasó el teléfono y me dijo: te habla Díaz (ella y por lo tanto también yo; creímos que hablaba Díaz Villar, mi amigo y compañero de la escuela). Esta fue la terrible conversación y confusión de ese momento:

-Hola compadre, ¿cómo estás? – dije yo, porqué Jesús Sandalio Díaz es mi compadre.

-Bien, te hablo para invitarte a una comida que estoy organizando el día siete del próximo mes de septiembre, en el restaurante «El Pico», que se encuentra en el último piso del nuevo edificio de la Bolsa de Valores

– ¿Y a qué se debe el evento?

Aquí la voz de Díaz trastabilló un poco y en una forma un tanto desconcertada dijo: 

-Lo que pasa es que muchos arquitectos no conocen el nuevo edi­ficio de la Bolsa de Valores.

– ¡Y tú que tienes que andar enseñando la Bolsa de Valores! repliqué, pues Sandalio trabaja en una empresa descentralizada y nada tuvo que ver con la construcción de este edificio.

La voz de Díaz en ese momento se escuchó aún más desconcertada y exclamó:

– Bueno, ……. es que los industriales del acero, del vidrio, de los elevadores y del concreto, querían difundir las caracterís­ticas de esta obra y consideré conveniente organizar la reunión; decidí efectuar la visita que había prometido a la Academia de Arquitectura; para esta comida voy a invitar a cien arquitectos de México entre ellos se encuen­tran los que han usado en mayor grado el acero y el vidrio.

-En esta parte de la conversación, que fue más larga, me di cuenta de mi equivocación y descubrí que no se trataba de Díaz Villar, sino de Juan José Díaz Infan­te, que él sí tenía motivos para querer efectuar este evento pues la Bolsa Mexicana de Valores, es una obra diseñada y realizada por él.

El edificio de la Bolsa Mexicana de Valores creo yo, tiene muchos significados; por una parte, pretende representar la entrada de México a la «Modernidad», al siglo veintiuno, y por la otra, como Bolsa, se convierte en una digna repre­sentante en nuestro país, de las condiciones económicas-sociales del mundo entero.

Porque las Bolsas de Valores en el planeta, representan un catali­zador para conocer cuando las condiciones de la economía mundial o de un país, están entrando en una crisis, la que puede ser provocada por cualquier situación que se presente fuera del control de quien maneja estas Bolsas. Tal es el caso de la crisis del petróleo en el Golfo Pérsico, donde se recurrió al uso de toda la tecno­logía bélica de las principales potencias del mundo, para evitar que un país, solo intervenido parcialmente, evite ser contro­lado totalmente.

El solo hecho de que esto pudiera suceder hizo que las Bolsas del mundo entero fluctuaran en el precio de sus acciones de una manera desorbitante y cualquier situación que cambie el estatus hasta hoy mantenido en esta crisis, necesariamente se reflejará en el manejo de las acciones y por lo tanto en las Bolsas.

Pero volvamos a México, al nuevo edificio de la Bolsa Mexicana de Valores, que se encuentra en la avenida Paseo de la Reforma, es­quina con Río Rhin, frente a Niza; parece que podemos hablar de un estilo especifico en esta obra, pues muchos, tal vez entre ellos el propio Díaz Infante, lo consideran un digno representa­nte del llamado «High-Tech”.

Fotografía: Víctor Arias, ca. 1990.

Aunque no reúne las características fundamentales de este estilo, como son: «la exteriorización de sus funciones internas», ya que no utiliza las instalaciones como parte de sus fachadas, solo acusa la maquinaria para lavar los cristales externamente; ni hace «alarde de su lógica constructiva», pues no remarca el uso de los remaches en la estructura, por ejemplo; tampoco hace uso de los «colores brillantes y planos»; solo el manejo de la “transparencia por medio del uso del cristal reflejante y la búsqueda de formas geométricas de gran magnitud», es lo que le da una característica dentro de este tipo de arquitectura, lo que la hace singular.

Fotografía: Gerardo Sánchez, 2021.

Mejor deberíamos hablar de que este edificio, la Bolsa Mexicana de Valores, pertenece a la Arquitectura llamada Tardo mo­derna, ya que a ésta la define la «exageración en sus formas para vencer la monotonía de la arquitectura moderna»; como es el caso de la Biblioteca John F. Kennedy en Boston, del Arq. Pei, de 1979 o la Plaza Pennzoil en Houston de los arquitectos Johnson y Burgee de 1980; ambos con el uso del cristal en grandes áreas y formas exteriores. Se trata de una obra externamente formal, realizada creando en su volumetría exterior «picos que miran hacia el cielo», con fachadas en cristal reflejante hacia los cuatro puntos car­dinales, lo que provoca la necesidad de aclimatar artificialmente todo el interior

Decía el representante de la empresa encargada de surtir los diferentes tipos de vidrio considerados por Juan José, que se utilizaron más de catorce mil metros cuadrados de cristal; en fachadas, muros interiores, en plafones; así como en la cúpula, que viene a ser la Sala de Remates de la Bolsa.

El cristal, fabricado en México, se necesi­tó efectuar primero innumerables pruebas, por su alta calidad: El usado es el más ligero de todos; el de muros, el más resistente a golpes y raspaduras; el de exteriores debería evitar las dilataciones extremas y no permitir el paso de la lluvia.

En el terreno donde se ubica el edificio, se había iniciado la construcción de un hotel, para el cual ya se habían realizado tres niveles de la cimentación. La construcción de la Bolsa tuvo muchos «bemoles» pues hubo nece­sidad de realizar más de dieciséis anteproyectos; la obra, a partir del primero, se llevó cerca de doce años hasta la iniciación de sus operaciones Bursátiles.

El edificio fue construido en base a una estructura de acero, por considerar que es el material más idóneo para nuestra ciudad, ya que, en el terremoto de 1985, cuando se colapsaron 330 edificios superiores a los diez pisos, se comprobó que las estructuras altas debe­rían ser más resistentes y más ligeras.

Así, las 3000 toneladas de acero y los catorce mil metros cuadra­dos de cristal, significaron, con la satisfacción de sus demás requerimientos, la participación intensa de la industria nacional, buscando nuevos productos.

A casi un siglo de la fundación de la Bolsa Mexicana de Valores, la obra de Díaz Infante representa hoy lo que por mucho tiempo fueron los proyectos para las Compañías Aseguradoras, que tenían como premisa fundamental para sus edificaciones, que fueran significativas; tal es el caso de la Torre Latinoamericana de Augusto H. Álvarez, o Seguros la Comercial de Héctor Mestre.

La búsqueda de originalidad, de un sentido eminentemente formal, da a este edificio una característica singular en nuestro país y en nuestra ciudad.

Así, el día señalado por Juan José Díaz Infante, se efectuó la reunión «Cien en el Pico»; en ella estuvieron presentes arquitectos como Augusto H. Álvarez, Ramón Torres, Héctor Velázquez, Héctor Mestre, Francisco Serrano y Abraham Zabludovsky; todos ellos, junto con los demás asistentes recorrimos el edificio y conocimos sus principales características.

Por ello la reunión «Cien en el Pico» resultó una apología a la forma, a la utilización de nuevos materiales y a resaltar conceptos que dan a la arquitectura el sentido de representatividad en el mundo de la riqueza.

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