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El papel del automóvil en la transformación del hombre en mono [1]

Gerardo G. Sánchez Ruiz

[1] Este escrito surgió hace algunos años, después de que en dos días distintos de una misma semana estuve a punto de ser atropellado por dos camionetas conducidas por señoras. Atravesaba yo una calle, en su momento vi los automotores creí que iban de largo pues no pusieron direccionales e intempestivamente dieron vuelta por donde yo pasaba, y lo único que atiné a gritarles fue: ¡Cómprense un burro! Por supuesto en el momento fue el susto, pero pasado el tiempo lo tomé con algo de humor y esto fue lo que salió.

Las ciudades mexicanas están siendo alcanzadas por un futuro que parecía lejano dada la manera en que se ha expandido el uso del automóvil, justificada o no, pero con el hecho de provenir de una de las industrias más dinámicas, su propagación ha inducido una atroz transformación de condiciones físicas, sociales, estéticas y ambientales en aquellas. En el presente, cualquier ciudad mediana o pequeña ha resentido el incremento en el número de ese objeto-poder, enfrentando consecuentes problemas en calles y avenidas, mismos que van desde la producción de contaminantes gaseosos, sonoros o visuales, hasta la grave ocurrencia de accidentes.

Particularizando en lo último, puede decirse que el acceso a ese portento tecnológico llamado automóvil, no le ha correspondido un progresivo entendimiento de cómo utilizarlo, en el sentido de que su uso en efecto ha generado beneficios, los accidentes que a diario se acumulan muestra que no se respetan normas y a conciudadanos. La posible explicación puede ser la siguiente:  existe un desfase entre el portento tecnológico representado por un automóvil y las cualidades poseídas por el hombre, problema que ha crecido desde que el campo se convirtió en ciudades, y donde se dejó de utilizar un burro, mula o caballo como medio para trasladarse, para cubrirla con un automotor, y particularmente por automóviles.

Así de varias centurias al presente, los espacios rurales se han convertido en espacios industriales o de servicios, entonces el hombre rural se ha convertido en citadino y en lugar de animales hoy se traslada en automotores generando deteriorando los espacios por los que circula. ¿Habrá una explicación? Hipoteticemos. El hombre como sujeto racional y en continua transformación no siempre se ha desarrollado en condiciones de progreso, en su evolucionar han existido situaciones donde pretendiendo satisfacer necesidades y anteponiendo el axioma de lograr el máximo beneficio a realizando el mínimo esfuerzo, ha dejado de utilizar debidamente partes de su cuerpo sean manos, pies, dientes, e indefectiblemente en una relación dialéctica, su cerebro.

Federico Engels en su clásico: El papel del trabajo en la transformación de mono en Hombre obra que escribiera en 1876 argumentaba que, la necesidad de sobrevivir, protegerse, generar satisfactores para cubrir sus necesidades, y por tanto, recorrer procesos con los que modificó a la naturaleza; fueron determinantes para que biológica y socialmente se alejara del mono, pues en el momento de transformar a la naturaleza utilizado su tronco, extremidades y las partes de éstas, a la vez estaba transformando sus posibilidades cerebrales, la manera de percibir su la realidad, y por tanto, las formas de relacionarse con otros en las sociedad en que estaba inserto.

Sin embargo, como también sostiene Engels, esos procesos a los que se sometió el hombre no fueron unilineales, en tanto en su proceso de transformación o adaptación, se sometió a los determinantes que resultaron de los lugares que habitaba, las formas de organización que fue adoptando, los comportamientos que fue asumiendo, y como algo fundamental, su encuentro con las modernidades tecnológicas como el motor de vapor, el motor eléctrico, la computadora, el microchip, etcétera; y es que con aquellas, su desarrollo corporal y cerebral empezó a declinar.

Ese decaimiento pudiera explicarse por el problema que se aborda, a través de analizar la relación establecida entre un conductor y un automóvil, en tanto ese elevado ser de la creación o de la naturaleza —si se le quiere atribuir un origen religioso o científico a su aparición en la tierra—, no ha alcanzado a dimensionar lo que tomó en sus manos y esa interacción no le ha sido benéfica; en consecuencia, han aparecido los efectos negativos en los espacios donde se materializa esa relación.

Una condición básica que definió los nuevos caracteres del hombre y por supuesto de la mujer en los últimos tiempos, fue dejar sus ambientes rurales, sus parcelas y sus carencias, para ambientarse o trasladarse a ciudades con la perspectiva de progresar, asumiendo otros estilos de vida muy distintos a los abandonados. El paso de campo a ciudades no fue el simple cambió de un ambiente a otro, se pasó de un contexto definido por áreas de cultivo, veredas, melgas y caminos, para situarse en otro de andadores, calles. avenidas o autopistas. En ese contexto una condición por demás significativa, fue lo relativamente sencillo que fue para esos mujer y hombre, colocarse frente a un volante y hacer avanzar algún vehículo.

El hecho cobra relevancia en el sentido de que esos seres al colocarse frente al volante, convirtieron esa acción en parte del proceso evolutivo, y por supuesto los efectos no se hicieron esperar. Se produjeron los efectos el medio ambiente por los gases, ruido y aceites diariamente arrojados al aire y al subsuelo; a los espacios de uso colectivo al invadirse zonas destinadas a otros usos como son los casos de camellones, banquetas, áreas comunes en unidades habitacionales, etcétera; y se generaron nuevas condiciones de funcionalidad o disfuncionalidad en el conjunto de las ciudades en razón a que grandes zonas de éstas, se han convertido en verdaderos estacionamientos sin serlo. Y como una situación por demás grave, la utilización de un automóvil, ha convertido a quien lo conduce, en un ente que persistentemente está en competencia con sus iguales —otros automovilistas—, además de arremeter contra los peatones.

Para entender los daños generados por muchos automovilistas y para el caso mexicano, habría que tomar en cuenta los determinantes que existían cuando hombre o mujer utilizaba ese medio de transporte tan rudimentario pero dotado de un cierto grado de inteligencia, ya fuera en su modalidad de burro, mula o caballo. Y en efecto cualquier de esos animales utilizado como medio de transporte —dependiendo de la pertenencia social del usuario—, siempre tenía la posibilidad de ejercitar su cuerpo de alguna manera, de tal forma que cuando el hombre lo cambió por un automóvil, pese a avanzar en cuanto a comodidad, rapidez o status, cayó en una situación de regresión. Esa regresión se hizo presente en el momento en que su intelecto no alcanzó a cubrir los requerimientos exigidos para entender y manejar la nueva situación planteada por el uso del automóvil, pues las particularidades de manejo de un animal eran totalmente distintas a las de un automóvil, porque prescindió de la inteligencia de alguno de aquellos cuadrúpedos, pero además por el espacio ocupado y requerido para poder circular.

Como automovilistas, hombre o mujer, asumen sólo su actividad como conductor, ya no tiene la ayuda cerebral de un animal, si se considera que éste asumía —y aún asume— ciertas tareas sin necesidad de que se las transmita su jinete porque fueron parte de su aprendizaje, a saber: llevar a quien lo montaba de un lugar a otro al sólo recibir un varazo o fuetazo, y a través de recorridos donde el animal era y aún es capaz de evitar caminos plagados de lodo, piedras, hoyos, etcétera. Inobjetablemente el hombre en esa relación pudo utilizar un plus de inteligencia de uno de aquellos animales.

Lo anterior se puede explicar de la siguiente manera: considérese que el hombre en una ambiente rural se conducía —o conduce— con niveles de habilidad con un valor de A al realizar sus actividades, y una bestia realiza las suyas con un nivel de habilidad de B; de manera que cuando el hombre realizaba determinada tarea con apoyo de esta última, se conjuntaban un A y un B pero con un plus en razón a que los trabajos se potencian, y no importa la capacidad cerebral de cada uno, existe una potenciación; por lo que la relación puede llegar a un (A+B)+, que le permitía —o permite— a quien controla la operación a realizarla con un particular grado de éxito.

Entonces, ante una modernidad impulsada por la industrialización, al crecer las ciudades y al aparecer los “beneficios” de estas transformaciones, el mexicano que se transportaba en una de esas bestias al adquirir un automóvil lejos de avanzar en sus posibilidades de entendimiento y manipulación de la realidad, no lo hizo; y es que ente una cierta comodidad y estatus que en efecto adquiría, en la realidad no alcanzó a absorber lo representado por el automotor, por la ciudad y congéneres. Indefectiblemente en esa nueva relación, ese mexicano o mexicana encontró con las inconveniencias de la soledad en su renovada actividad, en razón a que ya no pudo utilizar la suma potenciada de habilidades representada por él y el animal de tracción ―(A+B)+―, en tanto ya no se pudo apoyar en la habilidad de esa “bestia”, se quedó con un A. Y no pudo ser de otra manera, porque un automóvil por revolucionado que se encuentre en este momento, pese a todas las sumas en tecnología, no tiene un mínimo de inteligencia.

Entonces, si se pudiera explicar la condición del hombre que ha generado la problemática en la vertiente analizada, podría decirse que: ese mexicano o mexicana con una determinada capacidad cerebral y un restringido nivel de conocimientos, se bajó del burro, mula o caballo para encaramarse a un automóvil en una realidad que empezaba a escudriñar y a entender; pero ahora desastrosamente con una gran limitante: ya no pudo apoyarse en la inteligencia de cualquiera de aquellos animales, de ahí tantos accidentes y malestar que ese conductor o conductora genera en sus ciudades a sus iguales y en contra de peatones.

Lamentablemente y por la permanente producción de daños, el creciente número de esos objetos-poder de gran tecnología, no ha podido ser acompañado por un adecuado desenvolvimiento de las ciudades, pese a los esfuerzos de gobiernos y profesionales al realizar estudios por demás serios ante los problemas generados y desde distintas vertientes proponer: conversión de calles a avenidas, idear modalidades como los parques vía, viaductos, segundos pisos; hasta los intentos de llamar a la conciencia para reducir su uso o a utilizarlos correctamente.

El doctor Javier Covarrubias un destacado académico de la División de Ciencias y Artes para el Diseño de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Azcapotzalco ―hoy jubilado―, en conversación con quien esto escribe, palabras más palabras menos decía: “el hombre se está atrofiando por la manera de apoyarse en los objetos que utiliza, pues todo se le ha ido automatizando y ahora sólo se conduce impulsando teclas o botones”. Por lo que refería “el diseño necesita tomar en cuenta esa situación, donde aprovechando la misma tecnología y sin disminuir logros, se obligue a usuarios a utilizar más partes de su cuerpo, para que, de ese modo, también ejercite su cerebro”; tal vez y para el caso, podrían evitarse muchos perjuicios y accidentes en las ciudades.


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