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Engels, en su bicentenario

J. Víctor Arias Montes

En noviembre de 2020 se conmemoró el bicentenario del nacimiento de uno de los pensadores más destacados del socialismo científico mundial: Federico Engels (Barmen, Alemania, 28 de noviembre de 1820 – Londres, Inglaterra, 5 de agosto de 1895). A él debemos la edición de la principal obra de Carlos Marx: El Capital; pero también le corresponde, entre otras muchas cosas, el impulso a la investigación, bajo la mirada científica del marxismo, de los problemas de las ciudades europeas en el siglo XIX, incluyendo desde luego el de la penuria de la vivienda.

Por eso mismo, Federico Engels es una fuente insoslayable para el urbanismo moderno. Ahora, en tiempos de pandemia, baste recordar algunos de sus pensamientos para corroborar su importancia y sumarnos a la conmemoración de ese ilustre comunista:

El hombre, que había aprendido a comer todo lo comestible, aprendió también, de la misma manera, a vivir en cualquier clima. Se extendió por toda la superficie habitable de la tierra, siendo el único animal capaz de hacerlo por propia iniciativa (…) Pero cuanto más los hombres se alejan de los animales, más adquiere su influencia sobre la naturaleza el carácter de una acción intencional y planeada, cuyo fin es lograr objetivos proyectados de antemano… Resumiendo: lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina… Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza…1

[1] Federico Engels, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, en Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, tomo II, Moscú, Editorial Progreso, pp. 73-75.

Al hombre el estado natural del mundo le es poco propicio para vivir —o sobrevivir— adecuadamente, es decir, en condiciones realmente humanas. Con esto reafirmamos que lo humano es distinto a lo animal, pues hasta ahora el mundo sí es habitable para la mayoría de los animales; pero para el hombre se requieren necesariamente otras condiciones de habitabilidad.

En la naturaleza —mundo natural— han tenido origen las formas más variadas de vida, y de entre todas surge una que se levanta más allá de todas ellas: el hombre, producto, dicen los científicos, del desarrollo histórico del mono.

El hombre, definido como una unidad bio-psico-social, se diferencia del resto de los animales por sus cualidades fisiológicas, por sus capacidades específicamente humanas, pero, y sobre todo, por el trabajo que en forma consciente realiza para satisfacer sus necesidades y crear sus propios medios de existencia.

Quizás desde que el mismo homo sapiens se atrevió a protegerse debajo de un árbol o construir una empalizada con troncos y ramas o habitar una caverna, quizás, empezó a construir su propio medio físico-artificial y emprendió la difícil tarea de construir su propio mundo.

Este medio físico-artificial seguramente adquirió toda su plenitud en el momento en que el hombre habitó por primera vez una caverna y representó en sus paredes caracteres realistas de diversas actividades humanas y de animales. Su mundo se llenó de símbolos y se hizo mágico, o quizá poético. El fuego y la producción de utensilios y herramientas tuvieron también, sin duda, un papel preponderante en la conformación de ese medio artificial. Pero lo que realmente ayudó a construir ese medio fue el trabajo, fundamentalmente. Este le permitió entender la naturaleza a través de la observación, primero, y de la reflexión, después; aprendió de ella, vivió en ella y, finalmente, la empezó a transformar, a dominar. 

Cuando el hombre modifica con su trabajo, en un sitio determinado, el medio natural para construir diferentes tipos de edificios, calles, carreteras, lo hace porque el frío, el calor, el sonido, el viento, la lluvia, la humedad, la luminosidad, relacionados con los problemas sociales, no le son convenientes para el desarrollo específico de sus actividades; busca, entonces, adecuar ese medio a sus necesidades. Y por desgracia, en la mayoría de los casos lo ha hecho destructivamente.

Así pues, el hombre traslada plantas y animales de regiones a regiones y afecta la flora y la fauna existentes en ellas. Además, los desechos orgánicos e inorgánicos producidos por el hombre son depositados en la naturaleza con pocas previsiones de lo que esto significa, no solamente para la naturaleza misma, sino para el mismo hombre producto integrante de la naturaleza. Los animales tienen un impacto en el medio natural, pero éste, además de ser involuntario, constituye, como señalara Federico Engels “…un hecho accidental… lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina…”

La “reinvención” del mundo por el hombre marcará entonces su “segunda piel”, con ciertas relaciones de influencia mutua que lo harán reflexionar sobre su relación con la naturaleza, con el mundo natural. “Sin embargo —dice el mismo Engels— no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza…”

El crecimiento de las ciudades, que se explica a través de los procesos de urbanización, cargó además en sus espaldas las enfermedades nuevas que no se habían presentado y desarrollado, encontrando terreno fértil en los barrios pobres de muchas áreas de las ciudades, sujetas al abandono histórico por falta de infraestructura y equipamiento. Esa “venganza” de la naturaleza debió expresarse de manera aguda y ser parte inocultable de transmisión, sin importar clases o calidad “urbanística-arquitectónica” de las distintas zonas de las urbes. Pero también esos procesos de urbanización llevaron consigo la implantación de la industria destructiva, al ser rechazada en sus países de origen y ser bienvenida en los países marginales, subdesarrollados o periféricos, entre otros muchos adjetivos que se les dieron en distintas épocas.

¿Será acaso la pandemia que hoy padecemos una venganza de la naturaleza? Todavía no hay una explicación última, pero es evidente que los cambios drásticos en la naturaleza provocados por el hombre tienen que ver con ella.

Un comentario en “Engels, en su bicentenario

  1. Felicidades Victor: ENCUENTRO tu ensayo muy interesante ahora que estoy revisando el surgimiento de las primeras aldeas a partir del descubrimiento del hombre de que podía cultivar sus alimentos, es decir, a partir del descubrimiento de la agricultura. Todo lo cual devino en la transformación de algunas aldeas en ciudades. Estaremos en contacto.

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