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Médicos, ingenieros y arquitectos en la atención de pandemias. Una herencia del Porfirismo

Gerardo G. Sánchez Ruiz

La historia la hacen los vencedores y el mundo registra innumerables casos. En México esa situación ocurrió con el porfirismo, régimen que, por haber escalado a dictadura y ser así etiquetado, no fue valorado de manera objetiva por las generaciones posteriores, particularmente en obras que para ese momento eran fundamentales para el desarrollo del país, pese a que éstas surgieron de amplios y reflexivos esfuerzos de médicos, ingenieros y arquitectos, entre otros, quienes desde este punto de vista cumplieron con su tiempo. En el presente, ante la irrupción del Covid-19, es importante repasar ideas y acciones promovidas por aquel régimen, pues las pandemias suscitadas en esos años motivaron a profesionales a pasar de meras interpretaciones a realizaciones para mitigarlas. Casos ilustrativos son las obras de infraestructura y equipamiento urbano producidas a lo largo y ancho del país, y en especial en la ciudad de México.  

Para dar su justo lugar a lo producido en la época, debe considerarse que la Revolución Mexicana se inició antes de las batallas, continuó durante éstas y prosiguió posteriormente, por lo que se puede ubicar, junto a personajes como Ricardo Flores Magón o Francisco I. Madero, a una serie de profesionales destacados, como el doctor Eduardo Licéaga o los ingenieros Miguel Ángel de Quevedo y Roberto Gayol, quienes con sus análisis, reflexiones, ideas y obras para atender cuestiones del desarrollo del país y de las ciudades, fueron parte de esa revolución. 

Recuérdese que al arribo de Porfirio Díaz al poder, el país había pasado por una serie de luchas intestinas y sufrido las invasiones norteamericana y francesa, de tal modo que hasta principios de los años ochenta del siglo XIX la atención a las ciudades se pudo concretar. Fue entonces cuando las obras de aquellos y otros profesionales llegaron a las más grandes de ellas, al construirse infraestructura, escuelas, hospitales, teatros, mercados, etcétera; se buscaba atender deficiencias, pero a la vez había un determinante: se acercaba el Primer Centenario y había que mostrar situaciones de progreso.

La ciudad de México concentraba la mayor población, en 1870 tenía 225 mil habitantes y 471 066 en 1910, esos números se traducían en problemas, por lo que había que atenderla cuanto antes. Matías Romero (1898) decía que el Valle de México, donde se situaba aquella, contenía seis lagos: Chalco, Xochimilco, Texcoco, Xaltocan, San Cristóbal y Zumpango;1 esa condición más el hecho de estar localizada en una zona altamente sísmica le dio ciertas particularidades, pues sufría hundimientos, inundaciones, caída o afectación de edificaciones, y en consecuencia, dificultades derivadas de esas calamidades, como el caso de la insalubridad.

[1] Matías Romero, Coffee and India-Rubber Culture in Mexico, New York, G.P. Putnam’s Sons, (1898), p. 106.

El doctor Domingo Orvañanos (1898), un estudioso de las enfermedades e insalubridad en México, al describir las condiciones de la ciudad en 1896 señalaba que, junto a sitios agradables y espaciosos, se podían encontrar vecindades y chozas de indios donde solían vivir “diez o más personas” en espacios reducidos y condiciones higiénicas deprimentes; esos pobladores se sostenían con una alimentación basada en “maíz en forma de atole y sobre todo de tortillas”; la urbe utilizaba agua proveniente de manantiales o de pozos o aljibes siempre a cielo abierto y con frecuencia de mal gusto u olor; se mantenía basura en casas, calles, plazas, etcétera, y existían puestos ambulantes colocados al aire libre. Aspectos que consideraba causas del anidamiento de enfermedades y epidemias, como las del tifo, paludismo, reumatismo, viruela, sarampión, escarlatina, tos ferina, pulmonía, enfermedades de los ojos, enfermedades del estómago y sífilis.2

[2] Domingo Orvañanos, “Noticia sobre la geografía médica del Valle de México”, en Asociación Médica Americana, Memorias del 2° Congreso Pan-Americano, México, Hoeck y Hamilton Impresores y Editores, 1898, pp. 823-832.

En la intención de explicar tales anomalías las reflexiones fluyeron, ejemplos son muchos, un caso es por ejemplo don Antonio García Cubas, quien, ante el permanente azote de enfermedades y epidemias, en 1874 reflexionaba:

En poblaciones, y muy particularmente en ciudades populosas como la nuestra, debe procurarse antes que el embellecimiento, un buen arreglo de policía en todos los ramos; las poblaciones que disfrutan de esos beneficios insensiblemente progresan y se embellecen como una consecuencia del bienestar. En tal virtud, y aunque parezca repetir mis conceptos, debo manifestar que si se quiere dar la mayor salubridad a México, es preciso modificar sus condiciones.3

[3] Antonio García Cubas, “Apuntes relativos a la población de la República Mexicana”, en Escritos diversos de 1870 a 1874, México, Imprenta de Ignacio Escalante, 1874, p. 57. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/escritos-diversos-de-1870-a-1874–0/html/ffea8a70-82b1-11df-acc7-002185ce6064_4.html.

Otro caso es el doctor Eduardo Licéaga (1894) quien, pretendiendo explicar los orígenes de los males decía: “Las fábricas y las industrias que proveen a nuestras necesidades y que con su movimiento y actividad mantienen el comercio y contribuyen a la riqueza pública, arrojan a los ríos, a los conductos desaguadores y a la atmósfera sustancias nocivas a la salud o incómodas a nuestros sentidos”.4 Estas reflexiones interpretaban, pero se enfilaban a lo medular que era transformar, pues dadas las condiciones de las ciudades se requería construir un cierto nivel de infraestructura y equipamiento, por lo que hubo que hacerse de teorías y técnicas para tal efecto, recurriendo a las experiencias de Europa y Estados Unidos, en donde la intervención de ciudades mostraba ya las posibilidades del urbanismo, el cual se consolidaba como una disciplina.

[4] Eduardo Licéaga, “Discurso”, en Asociación Americana de la Salubridad Pública. XX Reunión Anual de la Asociación Americana de la Salubridad Pública. Ciudad de México, noviembre-diciembre, 1892. Republican Press Association, 1894, p. 19.

Se decidió acudir a esos lugares, observar las experiencias, hacerse de textos e intentar aplicarlos a las condiciones del país, externándose así el aprendizaje. Por ejemplo, el doctor Anselmo Camacho, en 1894, señalaba que las ciudades para desenvolverse necesitaban vías interiores de comunicación y centros de reunión como jardines, plazas y mercados, además de sostener: “Las calles deben ser rectilíneas. Sabido es que en un canal, para que la velocidad del líquido sea constante, ha de ser también constante la dirección del eje, así como uniformes la pendiente y la sección. Una calle aislada representa sin duda un canal por donde el aire corre, arrastrando los miasmas que pudiera haber”.5

[5] Anselmo Camacho,Las calles y las plazas en las poblaciones”, en Asociación Americana de la Salubridad… op. cit., p. 240.

Había perspectivas más puntuales respecto a lo que debía impulsarse, para el caso, el mismo Licéaga (1909), un teórico y práctico del urbanismo educado en la medicina, ante la generalización de enfermedades en la ciudad, enfatizaba:

Cuando el sistema de alcantarillas sea completada y bien pavimentada, y especialmente, cuando los pobres y viejos barrios de la ciudad sean reconstruidos y sean abiertas grandes avenidas por las cuales se dará acceso a casas construidas bajo planes higiénicos; cuando una mejora sea hecha a las condiciones perversas bajo las cuales las clases pobres viven en el presente; cuando todas las mejoras sean llevadas a cabo, la fiebre del tifus desaparecerá de nuestra ciudad.6

[6] Eduardo Licéaga, “Informe de la delegación de Mexico”, en International Bureau of the American Republics, Transactions of the Third International Sanitary Conference of the American Republics, Washington, Byron S. Adams, 1909, p. 184.

Por supuesto, no era sencillo atender las deficiencias, hubo que abrir el cauce para las obras y en ese sentido actuaron los mismos médicos e ingenieros, junto con profesionales del derecho, al generar leyes y reglamentos, como el Reglamento de la Junta Directiva del Desagüe del Valle de México (1886); el Código Sanitario de los Estados Unidos Mexicanos (1891); el acuerdo que aprobó el Reglamento de Desinfección para la Ciudad de México (1895); el Reglamento del Ramo de Obras Públicas de la Municipalidad de México (1897); el decreto sobre la Autorización para Reformar la Organización Municipal (1900); el Acuerdo sobre altura de edificios en la nueva avenida del 5 de Mayo (1902); la Ley de Organización Política y Municipal del Distrito Federal (1903); y el Reglamento de Colonias con Nuevas Extensiones de la Ciudad (1903), entre otros.7

[7] Gerardo G. Sánchez Ruiz, Precursores del urbanismo en México, Trillas/ Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, 2013.

Y no fue fácil aplicar los preceptos, hubo resistencia de la ciudadanía, Roberto Gayol (1893), en su defensa del Código Sanitario ante críticas recibidas, decía: “el Código ha afectado el interés individual de muchos propietarios, para quienes sin duda era más cómodo que nadie exigiera la ejecución de ciertas obras, que sólo sirven para evitar hasta donde es posible, que se enfermen o mueran los inquilinos de las casas”.8

[8] Roberto Gayol, “La ventilación de los albañales y atarjeas” en Anales de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos, México, 1893, p. 328.

En ese camino, al parejo de reflexionar e idear había que generar obras, pues se acercaba el Primer Centenario; debían atenderse las deficiencias en cuestión de sanidad, pero también mostrar una buena imagen de la ciudad. Así, entre las últimas décadas del siglo XIX y primera del XX, se impulsó una nueva modernidad, al construir infraestructura, equipamiento y embellecer la ciudad. Trabajos fundamentales y representativos fueron:

1. El sistema de saneamiento de la ciudad, al concluirse e inaugurarse en 1900 el conflictivo proyecto del Tajo de Nochistongo con la participación de muchos especialistas; construirse el Gran Canal dirigido por el ingeniero Luis Espinosa en ese mismo año; y la renovación de las atarjeas de la ciudad, acción llevada a cabo en 1903 con un proyecto de Roberto Gayol (Ver: Fig. 1); 2. El Sistema de Aprovisionamiento de Agua para la Ciudad, que venía desde los manantiales de Xochimilco, dirigido por el ingeniero Manuel Marroquín y Rivera y entregado en 1909 (Ver Fig. 2).

Fig. 1 Sistema de saneamiento y la obra del Gran Canal.9

[9] Junta Directiva del Desagüe del Valle, Drainage Works in the valley of México. Information. Written for the members of de Society of American Civil Engineers, México, Tipografía de la Dirección General de Telégrafos 1907.

Fig. 2. Obras de Provisión de Aguas Potables.10

[10] Manuel Marroquin y Rivera, Memoria descriptiva de las obras de provisión de aguas potables para la ciudad de México, México, Imprenta y Litografía Müller Hnos.-Indianilla, 1914.

3. El ensanche de calles y avenidas, y la apertura de otras vías; el control de alturas en edificaciones y la creación de colonias espaciosas, como la Roma, Cuauhtémoc, Condesa, dirigidas a las élites porfiristas, junto a otras como Santa María la Ribera, Hidalgo y Del Valle, dirigidas a otros estratos; 4. El incremento de áreas verdes, creación de viveros y la delimitación de reservas forestales para la ciudad ―concretadas por decretos en los años 30―, con el impulso de Miguel Ángel de Quevedo; 5. La producción de equipamiento, destacando: la Penitenciaría (1900), el Hospital General de la ciudad de México (1905), el Edificio de Correos (1907), el Manicomio de la Castañeda (1910), el edificio de Comunicaciones (1911), el nuevo Teatro Nacional concluido en 1934, entre otros; 6. Como consecuencia de la apertura de calles e introducción de infraestructura, se pasó a un gradual embellecimiento de la ciudad, en especial en las grandes avenidas como Reforma y la zona central de la ciudad.11

[11] Gerardo G. Sánchez Ruiz, Precursores del urbanismo … op. cit.

Las ideas y obras, por su efecto en la ciudad y en la sociedad, pese a su disfrute desigual, estaban abonando a la construcción de una nueva modernidad. Es aquí donde debe entenderse que modernidad sin agua potable, drenaje o pavimentación, sólo podía quedar en la abstracción. Indudablemente, las ideas y obras de esos profesionales fueron parte de una Revolución cuyas batallas irrumpirían en 1910.

Por supuesto, esos esfuerzos, en una condición de ruptura y continuidad, a partir de los años 20 del siglo XX serían retomados por algunos de éstos y otros profesionales que vendrían al relevo para atender a una ciudad con otros problemas y demandas; y en efecto, la otra parte de la revolución proseguiría concluidas las batallas, pero sin los trabajos de aquellos personajes y de otros como el doctor Manuel Carmona y Valle, o los arquitectos Emilio Dondé y Federico E. Mariscal, ese proseguir hubiera sido mayormente difícil.

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