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La arquitectura ante la 4T

Introducción

Iniciemos reiterando lo que todo mundo sabe: nos encontramos agobiados por la pandemia Covid-19, cuyos letales efectos han generado cambios a tal punto profundos en diversas sociedades y países del orbe, que han obligado a algunos de ellos a modificar sus estructuras médicas y de salud, a fin de abocarse a encontrar el remedio para atenuar, primero, y desterrar, después, las funestas consecuencias que está generando. Sin embargo, hasta este momento todavía no se ve una luz al fondo del túnel que anuncie el principio del fin, como tampoco se la ve en relación a algunos otros problemas generados por crisis, epidemias y pandemias de similar alzada, aunque de diferente carácter, como las de índole político-económica, social, cultural, etcétera. Ello pese a que de mucho tiempo atrás están requiriendo también una atención similar, pero sin lograr concitarla, no obstante que los efectos de algunas de ellas, a largo plazo, nos advierten sobre la posibilidad de abrirle paso a la hecatombe del planeta. Así las cosas, el Corona Virus está lloviendo sobre mojado… Ahora bien, dentro de tales pandemias que aquejan a la sociedad sobresale una, que si bien fue denunciada desde hace tres siglos, sigue hasta la fecha sin recibir la atención que merece, no obstante afectar a millones de personas en diversos continentes. Nos referimos al problema que dio lugar a la edición del libro de Federico Engels editado en 1877, ya clásico en su género: Contribución al problema de la vivienda. 

Aunque la penuria de la vivienda ha afectado siempre a las poblaciones de escasos recursos, principalmente, su actual agravamiento es generado por el régimen capitalista existente, que no solamente no la subsana, sino que la genera y magnifica. A este respecto, los arquitectos, en tanto profesionales capacitados para resolver la exigencia de dotar de un espacio habitable a la población, también hemos puesto de nuestra parte, al no llevar a cabo una crítica a fondo de la teoría que suscribimos acerca de nuestra profesión, en la cual no se incluye el punto que debería constituir su columna vertebral, y que no es otro que la responsabilidad de pugnar porque esa carencia habitacional sea subsanada. No debemos por lo tanto entretenernos en llevar a cabo una sumaria revisión de esa teoría del arte de construir o de edificar, como hemos calificado a nuestra práctica profesional, sino contribuir a resolver en lo que esté a nuestro alcance esa secular omisión. El momento es adecuado. En México, los órganos de gobierno están empeñados en llevar a cabo en el país una 4ª Transformación (4T), y nosotros debemos promover que en ese movimiento el quehacer arquitectónico beneficie, primero, a los más pobres… como hasta la fecha no lo ha hecho.

Iniciamos dicha propuesta teórica y práctica presentando unas cuantas preguntas. La primera de ellas sería la siguiente: ¿cuál es la visión más general que se tiene, y se sostiene todavía en buena medida, acerca del carácter de la arquitectura? ¿De qué se ocupa y qué papel desempeña el ejercicio de nuestra profesión en el conjunto social? ¿Cuál es su importancia? 

A la primera pregunta se ha respondido, desde hace siglos e incluso actualmente, que la arquitectura es un arte, un arte cuyo cometido social estriba en construir la morada del hombre, en la que debe prevalecer el valor estético, es decir, debe descollar la belleza. En congruencia con ese postulado se ha considerado que no cualquier espacio habitacional construido es una obra de arte, y por lo tanto tampoco es arquitectura, ya que solo en muy pocas edificaciones prevalece el valor estético.

¿Resultados que ha generado la aplicación de esta visión? El primero, y tal vez el más drástico, consiste en sostener, como lo hacen las llamadas “historias de la arquitectura”, que de toda la miríada de casas y obras construidas que ha dado a luz la humanidad, solo un puñado de ellas puede ser catalogada como obras de arte, las que caben en sus libros. De acuerdo con esta visión, el campo de acción de la arquitectura, como profesión, se ve notoriamente reducido. Todo lo contrario acontece con el resto de las obras construidas, campo que crece exponencialmente, pero que según aquella visión no son de arquitectura, por no prevalecer en ellas el valor estético. 

En realidad aquellas historias de la arquitectura deberían completar su título para que estuviera en concordancia con su contenido; deberían llamarse “Historias de la arquitectura artística o descollante, o estética”. Lo cual nos lleva a otra pregunta: ¿Cómo deberíamos llamar al innumerable resto de espacios habitables que no alcanzan a ser bautizados con el nombre de arquitectura? ¿A quién compete erigirlos, a la autoconstrucción? Interesante y contradictoria conclusión a la que hemos sido llevados por obra y gracia de aquella visión de nuestra profesión. 

Dentro de las varias e insuficientes consecuencias derivadas de esa forma de ver la arquitectura, interesa destacar otra, que consiste en la prioridad que le concedemos al producto, a la obra, y la casi nula que le otorgamos a quien la habita. Habitador cuyas necesidades habitacionales debieran ser consideradas el eje de la función arquitectónica, pero el cual, dentro de la visión todavía dominante, no es tomado en cuenta, ni sus modalidades de vida son estudiadas con detalle a fin de ajustar la disposición de los espacios a ellas. La ampliación de la habitabilidad de los espacios construidos es pasada por alto. Las obras son apreciadas por su apariencia y no por la solución otorgada a la disposición de sus espacios, no por su habitabilidad. La comodidad, que para Sócrates era la cualidad fundamental de la arquitectura, comodidad que en lo referente a las casas se alcanzaba orientándolas hacia el sur para que fueran cálidas en invierno y frescas en verano, es un dato irrelevante para esas historias de la arquitectura. 

La habitabilidad y la arquitectura

Por tanto, es necesario volver a preguntar, primero, si más allá de la diversidad de formas, materiales, disposiciones y géneros que encontramos en las obras de arquitectura de todos los tiempos, es posible considerar que hay una finalidad común; y, segundo, preguntarnos cuál es. Por lo tanto, preguntemos: ¿Cuál es la finalidad por excelencia que legitima el ejercicio de nuestra profesión, más allá de darle forma a un espacio cómodo, bien construido y con dimensión plástica? ¿Cuál es la finalidad por excelencia que las distintas sociedades de todos los tiempos y lugares le han encomendado cumplir a nuestra profesión, respecto de la cual las demás finalidades parciales le son subsidiarias? Respondemos: esa finalidad común a todas las obras habitables es la de coadyuvar a la producción y reproducción de la vida. Sí, la profesión del arquitecto tiene la misión social trans-histórica, más allá de la solución de casos particulares, de contribuir a la producción y reproducción de la vida misma.

La preservación de la vida y la arquitectura

Si esto es así, si el hacer arquitectónico tiene como misión trascendental la de contribuir a la conservación y reproducción de la vida, preguntémonos, ahora, cómo es que la vida surgió en nuestro planeta. 

Como ustedes saben, esta pregunta ha sido respondida desde dos perspectivas básicas, la elaborada por la ciencia y la que ofrecen las diversas religiones, la católica entre ellas. Ahora bien, sea cual fuere la explicación más certera acerca de cómo se originó la vida en nuestro planeta, haya sido por medio de complejas reacciones químicas, como lo aseveró Alexander Oparin en 1922-24; o como aseguran otros, que el surgimiento de la vida tuvo lugar gracias a los designios de un ente inteligente; lo que es incuestionable es que la vida surgió. Pero no surgió en un ambiente propicio a su perduración y permanente transformación, sino que surgió en un planeta que tenía que ser transformado y adecuado a fin de que el ser humano pudiera desenvolver su vida en él. Es, pues, importante no perder de vista, primero y básico, que el surgimiento de la vida no tuvo lugar en un ambiente propicio a su perduración. Y segunda consideración, que la vida no le fue otorgada a ningún ser humano de una vez y para siempre, que ninguno de los entes vivos tiene garantizada la prolongación de la vida, que no contamos con ella de manera imperecedera. Afirmaciones a las que sólo en muy pocas ocasiones les prestamos debida atención en el ejercicio de nuestra profesión de arquitectos, siendo necesario traerlas de vuelta… a la vida. La tercera consideración consiste en que nos hemos tardado mucho en incorporar en nuestra teorización arquitectónica la complejidad teórica que implica tener en cuenta que la finalidad sine qua non del hacer arquitectónico es el desarrollo de los espacios arquitectónicos y su habitabilidad, y no la reiteración en modas, estilos, corrientes, formalismos y ocurrencias sedicentemente artísticas.

Consecuente con las condiciones naturales en que surgió la vida, al ser humano, como a todas las demás especies vivas, le es forzoso, ontológicamente hablando, adaptar, habilitar, acomodar, conformar, amoldar el mundo de tal manera que le sea posible prolongar su estancia en él. A este respecto, Marx y Engels afirmaron que: “…la primera premisa de toda existencia humana y también por tanto de toda historia, es que los hombres se hallen, para ‘hacer historia’, en condiciones de poder vivir. Ahora bien, para vivir hace falta comer, beber, alojarse bajo un techo, vestirse y algunas cosas más.” Engels, por su parte, asentó: “…el factor que en última instancia determina la historia es la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto.”

Esto es, nos es ineludible enriquecer, ampliar, mejorar la habitabilidad natural. Ya lo dijo Ortega y Gasset en un brillante apotegma, como todos los suyos: La nota más trivial, pero a la vez la más importante de la vida humana, es que el hombre no tiene más remedio que estar haciendo algo para sostenerse en la existencia.”

¿Y qué hacemos los seres humanos o, más bien, qué estamos obligados a hacer a fin de subsistir y reproducirnos en un mundo que sólo nos ofrece las condiciones mínimas para surgir, pero no la habitabilidad ampliada que necesitamos para desenvolver toda nuestra potencialidad vital? Respondemos: nuestra consustancial necesidad ontológica nos obliga, o debiera obligarnos, a llevar adelante la faena de adaptar el mundo, de crear uno nuevo a nuestra imagen y semejanza, a fin de habitarlo en los términos que dijo Heidegger: “la forma de vivir en el mundo es habitándolo”.   

¿Y qué necesita hacer el ser humano para habitarlo, esto es, para estar en mejor  capacidad de producir y reproducir su vida a cada instante? Pues desde hace mucho tiempo Sócrates asentó que previamente necesita satisfacer tres necesidades cardinales, básicas o insoslayables. Cito: “…la primera y más grande de ellas, es la nutrición, de que depende la conservación de nuestro ser y nuestra vida…  La segunda necesidad la constituye la habitación, la tercera el vestido… ¿Y cómo podrá satisfacer… sus necesidades? ¿No hará falta, para ello, que (un ciudadano) sea labrador, otro arquitecto y otro tejedor?”

Como ven ustedes, ya desde dos mil quinientos años más o menos, se tuvo muy en cuenta que a fin de subsistir el ser humano precisa, en primer término, satisfacer las necesidades ―¿básicas, elementales, ineludibles?― que como ser humano tiene, a fin de hacer al mundo más humanamente habitable de lo que es naturalmente. Y, dentro de las tres necesidades más importantes, se anotó, en segundo término y sólo posterior a la “nutrición”, la necesidad impostergable de contar con una casa y con un arquitecto que coordine, que dirija la realización de esa casa. Desde aquellos tiempos Aristóteles asignó al arquitecto la construcción de la casa a fin de satisfacer la segunda necesidad vital que tiene el ser humano, después del alimento y antes que el vestido. De este modo, quedó asentado que: “…ningún arquitecto es personalmente obrero, es solamente el jefe de los obreros… Lo que él da, en efecto, es un saber, no aporta un trabajo manual… Se tiene, pues, derecho a decir que el arquitecto participa de la ciencia teórica; y los consideramos más sabios y más instruidos porque conocen las causas de aquello que hacen…”

Ahora bien, para imaginar, delinear, diseñar, proyectar, para conocer las causas de aquello que hacen, el arquitecto necesitaba investigar. Esto es lo que, según Marx, diferencia a la más diligente abeja del más torpe albañil: en que el albañil pensó, imaginó, delineó lo que tenía el propósito de producir antes de hacerlo. El ser humano prevé, piensa, imagina, anticipa y luego produce, de acuerdo con su proyecto, de acuerdo con su diseño e investigación.

Al cambiar los seres humanos el modo de hacer su vida, la habitabilidad del espacio original también debería cambiar, al unísono o de manera más o menos acompasada, según los casos. Lo que anteriormente era útil, funcional y agradable, se va tornando inútil, disfuncional y no grato. La manera de vivir cambia, la habitabilidad también. Esta metamorfosis tiene lugar y puede observarse tanto a nivel particular como general, tanto a nivel individual como generacional o de época. La metamorfosis de los entes vivos es el proceso como se manifiesta el decurso de la vida misma, en cualquiera de los reinos que se quiera considerar. Por ello, el más cabal ejercicio de nuestra profesión exige tener muy presente las distintas modalidades de hacer la vida de los diferentes conglomerados humanos, a fin de acompasarse con el cambio de las culturas y de los tiempos. Podemos decir que al arquitecto le va la vida en estar al tanto de los cambios que tienen lugar en el desenvolvimiento de la vida. 

Como se ve, el ejercicio de nuestra profesión responde a los más altos fines y necesidades que le han ratificado las distintas comunidades, con independencia de tiempos, lugares e ideologías. No hay más que una conclusión posible: esta finalidad exige que los arquitectos estemos investigando en las áreas en que se manifiesta el ejercicio profesional, que permanentemente nos ocupemos en determinar cuáles pueden ser las formas de mejorar nuestro ejercicio, de mejorar la comprensión del mismo y, también muy importante, exige que estemos al tanto de la forma como nuestra profesión puede alcanzar esa meta tan elevada que se le ha asignado, incluso en condiciones sociales tan adversas como son en las que estamos insertos actualmente. No pocos especialistas en ciencias sociales han coincidido en hacer notar que los cambios, que las crisis que se multiplican hoy en día, son premonitorias de un cambio de época; nos vemos obligados a investigar de qué manera condicionan ahora, y condicionarán mañana, el ejercicio de nuestra profesión. Estas condiciones tienen un nombre y un apellido: se llaman globalización y neoliberalismo.

La circunstancia actual

Pasemos a referirnos a la circunstancia en que nos encontramos, en general, como individuos componentes de la sociedad humana de finales de siglo XX y principios del XXI y, en particular, como un sector diferenciado al ejercer la profesión urbano-arquitectónica.

Como lo han aseverado los autores aludidos, el ser humano está obligado a luchar por la perduración de su existencia como ente con vida. Está obligado, por tanto, a producir, día con día, los satisfactores de toda índole que necesita para subsistir, dentro de los cuales se encuentra, con carácter prioritario y sólo con menor importancia que el alimento, la producción de ambientes habitables, de los espacios en los que pueda desenvolver sus variadas y específicas actividades cotidianas. En los espacios habitables, que van a ir respondiendo a sus siempre cambiantes modalidades de vida y cuyo proyecto y construcción se les ha encomendado a los arquitectos. 

Así, pues, necesitamos continuar con preguntas obligadas: la humanidad, el ser humano, ¿está procurando llevar adelante la vida cuidando que la extracción que lleva a cabo de toda suerte de productos no lesione a la propia naturaleza que los proporciona? ¿Está cuidando de no matar a la gallina de los huevos de oro? ¿Qué papel desempeña el ejercicio de nuestra profesión en todo este trascendente proceso? ¿Hasta qué punto estamos coadyuvando a hacer más habitable el mundo para todos los que nos encontramos en él, aquí y ahora, bajo la condición de facilitar a los que vengan la continuación de la tarea? ¿Estamos produciendo y reproduciendo nuestra propia existencia teniendo presente que no debemos agostar a la propia naturaleza, sino todo lo contrario, esto es, procurar que ella misma pueda renovarse, revivir, a fin de perdurar siendo el almacén donde nos surtimos de lo necesario para la prolongación de nuestra vida? De no hacerlo así, la humanidad corre el riesgo de minar fatalmente la única fuente de aprovisionamiento con que cuenta. Veamos algunos testimonios de lo que está teniendo lugar a este respecto, de los cuales todos nosotros tenemos noticia, pero que nos servirán para poder llegar a una conclusión. 

El momento histórico

¿Cuáles son las circunstancias en que se desenvuelve el conjunto de la sociedad humana en los momentos actuales, las cuales es preciso tener en cuenta al criticar, replantear, redefinir, re-conceptualizar, algunos de los conceptos, definiciones, categorías, marcos teóricos y leyes de los que nos hemos servido para incursionar en la historiografía y la teoría de la arquitectura, así como producir los espacios de características adecuadas a las actividades del habitador particular?

La globalización y el neoliberalismo son las categorías económico-políticas en que se sintetizan los rasgos más generales de la estructura económica prevaleciente en el mundo actual. Estructura que ha impreso un sesgo muy preocupante a las relaciones sociales y ha dado lugar a desastrosos efectos en muy diversos ámbitos. La mundialización del mundo (Ianni), su tendencial “aldeanización” (Hobsbawm), su persistente conversión en un “shopping center global”, con la cauda de trivialización y mercantilización que ello conlleva, de la mano de la pauperización de un número cada vez mayor de la población mundial, son los indicadores más sobresalientes que ratifican que la apreciación de Marx para su momento, es aplicable al nuestro: “todo lo sólido se desvanece en el aire… una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores.” 

¿Abordará la teoría de la arquitectura el análisis de las hostiles condiciones materiales en que tiene lugar la práctica urbano-arquitectónica, que la alejan de solventar los problemas nacionales? ¿Resistirá la práctica profesional de los arquitectos el «individualismo asocial absoluto» (según Hobsbawm) al que está siendo conducida la sociedad? En todo caso, cabe tener en cuenta que a fin de coadyuvar con mayor eficacia a la solución de las demandas habitacionales de las diversas clases sociales del país ―los pobres en primer término―, es perfectamente posible y deseable superar algunos puntos de vista heredados que limitan la visión histórica y teórica de la arquitectura, así como el desempeño de la práctica profesional. 

¿Cuáles son algunas de las ideas que sería pertinente revisar y en su caso reformular, a fin de abrirle paso a una renovación del quehacer arquitectónico, que tanto se necesita?  En primer lugar, atrevernos a ir al fondo de la idea que nos suscitó el interés por ejercer una carrera de raigambre “artístico”. No cabe duda que el halo artístico que ha acompañado a la actividad constructiva de la arquitectura ha funcionado como un gran imán ideológico, capaz de apoderarse de la conciencia de muchas personas. 

A este respecto, está indicado repasar la historia de nuestra actividad para corroborar su fecha de nacimiento como una profesión liberal. Así advertiríamos que fue hasta los siglos XIV y XV que aconteció tal cambio en la cultura occidental y, conjuntamente con él, el énfasis en la dimensión “artística” por sobre las demás dimensiones que la han acompañado. La dimensión social del quehacer arquitectónico pasó a un segundo lugar. Algo semejante tuvo lugar con el urbanismo, a sea, con la disposición de los espacios cubiertos y descubiertos, que en el siglo XIX fue usurpada por las grandes empresas ferroviarias a fin de favorecer las actividades de sus fábricas, pasando por alto las necesidades de los grandes grupos de población de origen campesino. Este proceso corrió de la mano con la consolidación del capitalismo, mismo que, además, iba invadiendo territorios y países a los que obligaba a adquirir los productos que producían, extendiendo el mercado para ellos. La división entre países ricos y países pobres se acentuó, así como entre las clases sociales. La población sin tierra ni capital no tenía más remedio que emigrar a las grandes ciudades, y soportar las deplorables condiciones de vida que los dueños de las empresas les imponían. 

Particularidades más o particularidades menos, el desarrollo de los países adheridos al mundo occidental siguió por ese camino. A su paso iban quedando los que llegaron tarde al proceso, con sus fuentes de materias primas saqueadas y su población acomodándose en las afueras de las ciudades, sin servicios ni equipamiento ni planeación adecuada. El desarrollo urbano fue tornándose cada vez más caótico, puesto que no se llevaba a cabo por arquitectos que buscaban crear “ciudades jardín”, sino por inversionistas que adquirían y construían lo que les convenía económicamente. Este desarrollo urbanístico dio lugar al llamado “agravamiento de la penuria de la vivienda”, cuya solución concierne, sin duda, a los arquitectos-urbanistas. 

Arquitectos-urbanistas que tomen conciencia de que toda obra arquitectónica que se lleve a cabo tiene una dimensión urbanística incuestionable. Arquitectos-urbanistas que aprendan a llevar a cabo una cabal planeación del futuro desarrollo del país, involucrando todas sus facetas, sin ignorar que se tiene que tomar en cuenta el desarrollo industrial de toda índole, así como el agrícola. Cambios y proposiciones que exigen llevarse a cabo, a fin de que la profesión recobre el papel social que la sociedad exige. Las voces que sugieren la posibilidad de una “nueva arquitectura” no podrían dejar de lado a los millones de personas que están esperando contar con una vivienda digna. La “nueva arquitectura” será la que se adecúe a esos millones de personas. La discusión referente a los estilos y corrientes, quedará en el pasado. 

La nueva arquitectura

La llamada nueva arquitectura que surgirá gracias a la presión social, no puede lograrse si no es cambiando, también y de manera inmediata, la teoría de la misma profesión. Teoría cuyos fundamentos precisan ser actualizados, para pasar de una teorización de índole metafísica a otra de raíz dialéctica. En defensa de la reivindicación social de nuestra profesión, los colegas arquitectos necesitarán llevar cursos de epistemología que los lleven a asumir que no ha sido posible actualizar el tipo de definición de nuestra profesión de una actividad “artística” (la arquitectura es el ARTE de proyectar…) a otra definición basada en la producción de habitabilidad: “Todo espacio habitable socialmente producido tiene una dimensión arquitectónica. El valor de la arquitectura estará en correlación del tipo y carácter de habitabilidad de que se trate. La habitabilidad socialmente producida genera una dimensión arquitectónica correlativa a aquella. El valor arquitectónico que se le atribuya está en función de la habitabilidad lograda.” 

De concederle acierto a los estudios de renombrados científicos sociales, actualmente nos encontramos zarandeados por la crisis de valores, metas y paradigmas suscritos por la modernidad, pero sin que exista todavía acuerdo respecto de los que habrán de sustituirlos. El mundo del bienestar al que supuestamente se advendría al darle curso libre a la razón, el mundo de la igualdad, de la libertad y libre competencia, que fueron entre otras las grandes motivaciones que desembocaron en la revolución científica, industrial y política de la cultura occidental, lejos de ser una realidad, se encuentra contradicho por todas partes. Las invasiones militares, las guerras de alta y baja intensidad, el enfrentamiento entre etnias que llevaban siglos de coexistir, el resurgimiento de los fundamentalismos, el derrumbe de empresas, el desempleo y el paulatino pero al parecer inacabable aniquilamiento de los ecosistemas, son sólo algunos de esos indicadores. El mundo globalizado y neoliberal que hoy ha terminado por imponerse en prácticamente todo el mundo, lejos de refrendar aquellas grandes metas históricas imaginadas por los grandes pensadores ilustrados del siglo XVIII y XIX, de quienes es heredero, parece alejarse de ellas y enfrenta al mundo a un futuro incierto, en el que los medios masivos alcanzan un éxito muy discutible al lograr obnubilar a gran parte de la población, atrayéndola a un mundo banal de consumismo y frivolidad. 

Incurriríamos en un optimismo a todo punto desmesurado si supusiéramos que la práctica profesional de los arquitectos puede permanecer incólume ante los embates que, en todos sentidos, está generando el globalizado y neoliberal mundo actual. Es perfectamente comprobable que el espíritu de los tiempos es hostil al florecimiento y expansión de la práctica profesional de los arquitectos. Afirmación que exige ubicar dicha hostilidad en la forma precisa en que se manifiesta.

El capitalismo vive de absorber ganancia. El liberalismo, que es una de sus variantes, procura que dicha ganancia sea máxima quitando de en medio todas las barreras que se le opongan a la libre competencia que, como es bien sabido, beneficia a los más fuertes. Pues bien, dicho afán de ganancia llevado adelante por los empresarios, paulatina pero aceleradamente, ha ido ganando terrenos que anteriormente pertenecían a los arquitectos. Muy concretamente me refiero al diseño urbano y a la planeación física. A los hoy llamados “desarrolladores”.

El arquitecto tenía injerencia en todos estos aspectos indisolublemente vinculados con la producción de aquél tipo de habitabilidad que precisa de un espacio específico para realizarse, razón de ser de nuestra profesión y misma que no termina puertas adentro de una edificación. Pero pudo tener dicha injerencia porque formaba parte de una sociedad para la cual la calidad de vida, así fuera únicamente de ciertos sectores, le concedía prioridad a la habitabilidad, por encima de la acumulación de riqueza. Cuando la acumulación de ganancia acabó por imponerse como meta indiscutible, las recomendaciones de los arquitectos tuvieron que ceder el paso a las decisiones de los financieros, de los inversionistas, de los promotores de fraccionamientos, de aquellos a quienes en primerísimo lugar ya no les interesaba alcanzar la mayor habitabilidad posible en las expansiones urbanas que iban siendo necesarias, sino obtener de la urbanización de los terrenos la máxima ganancia posible. El urbanismo empezó a dejar de ser competencia de los arquitectos. Uno de nuestros más reconocidos urbanistas sostuvo que: «para bien o para mal, hay que aceptar que los urbanistas poco o nada hemos tenido que ver en la forma en que se han desarrollado nuestras ciudades. Esa decisión ha estado en manos de los políticos y de los inversionistas.» (Enrique Cervantes)

De este modo se propició el divorcio entre la dimensión urbanística y el quehacer arquitectónico, no obstante que ambos debieran seguir siendo considerados como las dos caras que conforman la moneda de los espacios habitables. Consumada esta separación, cuyos nefastos alcances estamos padeciendo en todas las ciudades, convertidas en ejemplos de inhabitabilidad, le tocó el turno al desplazamiento de los urbanistas, para permitir que sean los inversionistas los que decidan sobre el crecimiento de nuestras ciudades. Ya no está en manos del arquitecto-urbanista alcanzar la habitabilidad, que no depende únicamente de la distribución interior de los espacios construidos, sino de su ubicación en el conjunto urbano, de su cercanía a los centros de trabajo, del equipamiento con que cuenta, de las vías de comunicación, así como de los vientos y asoleamiento. La extensión y calidad de nuestro campo de trabajo se está reduciendo a ojos vistas. Nuestro peso social, también. 

No está por demás tener en cuenta que el neoliberalismo está restringiendo cada vez más el campo profesional de los arquitectos, al dejar en la pobreza a un número cada vez mayor de la población. A nuestra profesión se le cierra la posibilidad de acceder a los grupos mayoritarios, de participar en la solución de uno de los grandes problemas nacionales, medido, en el caso de nuestro país, en el déficit de más de ocho millones de viviendas, reconocido oficialmente. Sí, el neoliberalismo es hostil a la expansión del campo profesional, que podemos definir como el de aquellos cuya responsabilidad estriba en proponer las soluciones adecuadas a fin de que la calidad de vida brindada por los espacios habitables, sea cada vez mejor. 

Estos y otros problemas más exigen ser respondidos en el único terreno en que es posible clarificarlos, o sea, en los terrenos de la investigación; esto es, desde la teoría e historia del hacer arquitectónico así como de la economía, porque no debemos olvidar, ni el gobierno ni nosotros los arquitectos, que el problema de la vivienda no es un “problema” arquitectónico, sino político y económico.

¿No nos parece importante inquirir hasta qué punto la situación crítica, el atolladero al que hemos venido haciendo referencia, se ha posibilitado también por la ausencia de consenso entre los arquitectos mismos, referente a la naturaleza específica de nuestra profesión? ¿Hasta qué punto podemos inscribir en nuestras investigaciones el estudio de las condiciones que pueden propiciar la extensión en cantidad y calidad de los espacios que construyamos? ¿Qué función le toca desempeñar a la investigación de los arquitectos en esta circunstancia? 

Los órganos del actual gobierno del país están empeñados en inaugurar una  4ª Transformación (4T). Nosotros nos sumamos a dicha iniciativa y proponemos que, al unísono, el hacer arquitectónico alcance, en primer lugar, a los pobres. “Arquitectura para el pueblo” y “Conocimiento de la realidad nacional”, eran los dos primeros objetivos del Autogobierno de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, surgido el año de 1972, en el que muchos de nosotros participamos. Esa es la historia.

Alejandro Gaytán Cervantes, Carlos Véjar Pérez-Rubio, Gerardo G. Sánchez Ruiz, Jesús Tamayo Sánchez, José Alfonso Ramírez Ponce, José Víctor Arias Montes, Ramón Vargas Salguero, Rubén Cantú Chapa.

2 comentarios sobre “La arquitectura ante la 4T

  1. Importante reflexión, muy a la orden con el tiempo mexicano en el que actualmente vivimos y que, se diría, tiene su antecedente Internacional, en la BAUHAUS alemana del siglo XX y a nivel nacional en el «funcionalismo arquitectónico» que impulso, entre otros, Juan O’Gorman.

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